jueves, 24 de julio de 2014

El efecto cangrejo

El efecto cangrejo

A lo largo de estos últimos cuatro meses, pude escribir reflexionando acerca de experiencias, de viajes, de personas… anécdotas que marcaron mi vida durante tiempos muy intensos de ministerio. Considero el haber podido recordarlos un cierto privilegio del que me había privado anteriormente. Debo reconocer que, aunque quería, mi mente quedaba en blanco cada vez que intentaba volver atrás.

Cuando comencé con este proyecto, Caminatas, dejé en claro que lo hacía como un ejercicio de agradecimiento a Dios por estar en una etapa de transición y para poder llevarla adelante con gozo. Ahora pienso que fui yo la primera beneficiada, a través de la escritura y de la reflexión, con cada una de las notas. Me han ayudado a meditar sobre quién es Dios, quién soy yo y cuál es Su plan para mi vida. Soy muy consciente de que, al haber hecho público cada artículo, me expuse como un libro abierto, de manera sincera. También quedé descubierta al juicio y a las críticas de aquellos que quizás me conocen o, mejor dicho, creen conocerme; en realidad, tienen esa sensación, pero nadie puede saber de mis intenciones y de mis pensamientos como Dios, mi fiel compañero desde mi niñez.

Espero que mis escritos hayan sido de bendición, en algún sentido, o de edificación en la fe. Jesús le dijo a aquellos que creían en Él que harían cosas aun mayores porque Él iba a reunirse con Dios. Cuando nos atrevemos a creer en Él, los milagros suceden.
La verdad es que lo que quise comunicar no fue por orgullo ministerial ni por pretender ser religiosamente correcta (eso es lo que menos me preocupa). Solo quise compartir lo maravilloso que es conocer a Dios y sus caminos, que son perfectos para nosotros, aun cuando, en medio de todo eso, nos equivoquemos. Dios tiene poder para reparar nuestros errores y para obrar milagros, y puede utilizar una vida en sus manos para realizar lo que Él desee. No siento realmente que deba dar explicaciones ni defenderme. Mi Dios es quien algún día me va a juzgar. Y nos juzgará a todos. Tengo la confianza de que, cuando llegue ese día, le podré decir: “Dios mío, hice lo mejor que pude con lo que me diste”.
 Dios necesita más hijos valientes y dispuestos a obedecer Su palabra, que no les importe el “qué dirán”. Su plan no es que nos quedemos cómodos y cobardemente sentados en nuestras sillas justicieras, atrincherados y criticando a cuanta persona realiza alguna actividad; sino que, por el contrario, accionemos, activemos nuestra fe para hacer bien a otros. Que pongamos nuestras energías a voluntad de Dios. En Marcos 16:15, Jesús dijo: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura”. Lo que la palabra iglesia significa en latín es ecclesia, ‘los llamados hacia afuera’.
 Claro que es mucho más fácil ser observadores de la vida del otro y decir lo que debería o no hacer, o declarar lo que está haciendo mal. Nos creemos muy importantes en nuestra tarea de señalar la maldad de nuestros hermanos, cuando lo que Dios quiere es que prestemos atención a nuestros propios errores, nos corrijamos y luego —así, con amor y gracia, habiendo aprendido la lección— veamos la equivocación del otro. Cuando señalás a tu prójimo con un dedo, todavía tenés otros cuatro que te exponen a vos. A este fenómeno se lo llama el efecto cangrejo. Si ponés muchos cangrejos en un balde, verás que intentan tirar o bajar al cangrejo que está subiendo. ¡Cuántas veces somos como los cangrejos! No solo no podemos alegrarnos por lo bien que le va a otra persona, sino que hasta intentamos tirarle piedras, con nuestros chismes y comentarios negativos, para que no se crea demasiado importante.
Que Dios nos ayude y nos siga mostrando que Su amor por nosotros es superior a lo que podemos entender o recibir. Él es ese padre amoroso, que simplemente perdona, nos ama y nos da mil y una nuevas oportunidades en la vida. Solo cuando hemos recibido este amor, podemos estar llenos de valor, de aceptación y de afirmación para otras personas, que, como nosotros, no son perfectas, sino simplemente humanas, pero con un Dios que posee un amor sobrenatural.


viernes, 4 de julio de 2014

La brújula se mueve otra vez

La brújula se mueve otra vez
París es una de las ciudades más hermosas que pude conocer. Sus calles tan pintorescas; sus edificios antiguos, que tienen balcones con flores rojas; esa urbanidad histórica e interesante. Los centros culturales, las bibliotecas antiguas, el prestigioso Museo de Louvre, más el precioso y romántico río Sena llenaban mi corazón mientras los recorría. Un aire glamoroso, en la rutina de esta urbe, me sorprendía diariamente con algo nuevo.
El maravilloso rio Sena detras.
Dos años después de mi regreso de India, me encontré nuevamente en mi cuarto, pidiéndole a Dios ansiosamente que me mostrara el camino. La brújula de Dios se movía otra vez. No muchos meses después, a través de esos encuentros divinos (en los que creo firmemente), conocí a un pastor peruano que dirigía una de las congregaciones latinas más grandes de París. Él me invitó a ser parte de su proyecto evangelístico, que consistiría en llevar un grupo de argentinos, a través de Francia, para capacitarlos y para enviarlos a compartir con otros el mensaje de Jesús. Como fui invitada, ellos se encargaron de mi boleto de ida; sobre el de regreso, dijeron: “Dios proveerá”. Y así fue.
Fui la primera en llegar y pude disfrutar algunos días libres. Me hospedé en un departamento pequeño junto con otras dos misioneras, quienes hacía tiempo que se encontraban trabajando allí. Mientras esperaba que llegara el resto de la gente, salía a recorrer la ciudad, conocía personas en la calle y practicaba el idioma francés, que con tantas ganas había aprendido en mis años de escuela secundaria. Pude percibir que, cuando Dios nos encomienda hacer alguna tarea, Él también nos provee de lo necesario para realizarla.
Balcones elegantes.
Los días se convirtieron en meses, y los que se comprometieron a venir, nunca llegaron. Finalmente solo uno apareció. No sé si fue por falta de dinero o de compromiso, simplemente, no se presentaron. A mí me dieron la oportunidad de guiar a la iglesia latina en oración, compartiendo información sobre la necesidad en otros países, durante la reunión de los domingos. También visité enfermos en hospitales: les hacía compañía o les daba una palabra de aliento. Participé de la Marche pour Jésus, un evento multitudinario donde los cristianos salen a las calles de toda Francia para proclamar que Jesús es Señor. ¡Qué privilegio!, el pueblo francés unido dando gracias a Dios en libertad, con pancartas, con aclamaciones y con canciones. A menudo, pienso que no necesitamos gente que venga de afuera a decirnos qué hacer, porque somos nosotros mismos quienes debemos tomar responsabilidad y usar nuestros recursos para cambiar las situaciones. Aun así, a veces, alguien tiene que sacudirnos de nuestra comodidad, si así Dios lo desea.
Me gustó mucho poder estar en Francia, disfrutando de esa belleza que me hacía bien al corazón y a la vista y, aunque fui inicialmente por tres meses, decidí quedarme tres meses más. Para mantenerme en esa ciudad tan cara de Europa, recorrí los barrios de París en metro para dar clases particulares de inglés a niños y a jóvenes. Fue de esta manera que pude conocer tanta gente hermosa, por dentro y por fuera. Elegantes, estilizados en su exterior, pero sencillos y ermitaños en su alma; muchos de ellos necesitaban el aliento diario para seguir viviendo.
Para poder regresar a Argentina, la iglesia me consiguió un pasaje por Air France, uno de esos que se le facilita al personal de la compañía aérea, para ellos o para sus familias, si hay lugar en el vuelo. Son mucho más baratos. No supe de este pequeño detalle hasta que, la primera noche que intenté viajar, un señor bien enojado me dijo que no había sitio para mí, a pesar de mi insistencia, y tuve que quedarme a dormir en un banco duro del aeropuerto Charles de Gaulle.
La Marche pour Jesus en pleno Paris.
Al día siguiente conocí a una simpática monjita franciscana, con ropas azules y sandalias de cuero, que comenzó a hablarme en español y que estaba en mi misma situación: alguien le había regalado uno de esos pasajes. Poco a poco, fuimos entrando en confianza; se presentó y, para mi sorpresa, me contó que estaba regresando al oeste del Gran Buenos Aires, a mi querido Laferrere, donde hacía años desarrollaba su trabajo social y espiritual. Allí es donde, por causalidad (no casualidad), pasé mi infancia y mi adolescencia, y donde se encontraban viviendo mis padres. Mencionó la calle donde ella habitaba, y he aquí otra alegría: era Salvigny, en la cuadra siguiente a mi casa. Quizás nos habíamos cruzado en otras oportunidades.
Los siguientes cuatro días fueron un ir y venir del aeropuerto al departamento donde dormía sin poder viajar, pero también estuvieron llenos de reflexivas conversaciones con esta joven francesa, que mostraba un sincero anhelo de conocer a Dios en profundidad. La quinta noche fue la vencida, ella fue la primera en subir al avión con mucha felicidad (un piloto le cedió el asiento) y, luego, seguí yo. No puedo expresarles cómo saltó mi corazón al saber que finalmente podría regresar a mi Buenos Aires querido y a mi familia, llena de anécdotas y de bendiciones para compartir.


domingo, 22 de junio de 2014

Él nunca duerme

Él nunca duerme
Aproximadamente al año de haber llegado a India, ya me encontraba trabajando en una de las Escuelas de Discipulado y Entrenamiento en la ciudad de Pune. Hasta ese entonces todo mi tiempo había sido dedicado al arduo proceso de afianzarme en el idioma inglés, en el aprendizaje de las costumbres y de la cultura, y en adaptarme a las comidas y a las maneras de vestir.
En una ocasión surgió la oportunidad de elegir en oración los lugares a los que llevaríamos a nuestro equipo de estudiantes para su práctica. Luego de orar decidí que guiaría un equipo a Odisha y a Bihar.
Emprendimos el viaje desconociendo la realidad de los lugares donde pasaríamos los próximos dos meses de nuestras vidas. Ayudamos a los creyentes locales, ignorando las lluvias monzónicas, los recaudos y las prevenciones que debíamos implementar en el área de salud.
Posando junto a elefante de piedra en Puri.
Éramos dos argentinas y cuatro indios (dos chicas y dos chicos). Durante nuestra estadía en Odisha, recorrimos la ciudad de Puri. La bendecimos en oración en pleno Festival de los Carros (Rath-Yatra), un evento hinduista que se realiza en el mes de junio, en el que se construyen carrozas gigantes y se representan historias de dioses.
Al mes siguiente, al viajar a Patna (en el estado de Bihar), justo cuando comenzaba nuestra actividad, empecé a sentirme mal —como afiebrada, con el cuerpo dolorido—. Sabiendo poco y nada sobre mi estado, se me diagnosticó malaria. Estos malestares hacían que fuera cada vez más difícil levantarme de la esterilla del suelo, donde descansaba todas las noches. Recuerdo que les rogaba a mis compañeros de equipo que, por favor, me llevaran al hospital (lo cual posteriormente agradecí que no hubieran hecho, ya que al visitarlo pude conocer el terrible estado en el que se encontraba).
Lentamente, fuimos cayendo uno a uno —otra argentina y luego los dos chicos indios—, atacados por la infección que provoca un mosquito enfermo. Gracias a Dios, nuestro vecino era médico; nos visitaba diariamente y nos proveía el tratamiento indicado de quinina para sanarnos: pastillas muy fuertes que tomamos durante seis días continuos.
Fueron tiempos difíciles; en lugar de nosotros contribuir en las actividades de la congregación a la que fuimos a visitar, ellos se encontraron desafiados a colaborar con la situación de nuestro equipo. Poco a poco, nos empezamos a sentir mejor; nuestra responsabilidad y el compromiso con Dios que nos llevaron a ese lugar nos hicieron apresurar la recuperación. Aunque estábamos convalecientes, logramos realizar varias tareas evangelísticas y eventos con niños en los últimos días de nuestro práctico.
En camino de regreso a casa, tuvimos que esperar treinta y seis horas el tren en la estación porque, por las inundaciones, había quedado varado y no podía avanzar. Recuerdo haber discutido bastante intentando convencer a mi colega indio para que nos hospedáramos en algún hotel o regresáramos con nuestros anfitriones. Él quiso permanecer ahí ya que, en caso de que el tren se dignara pasar, no perderíamos nuestros pasajes.
Una terminal de rickshaws en Odisha. Detras se ven los templos hindues.
Así viajamos de Patna a Mumbai durmiendo todo lo que no habíamos podido. En el trayecto de Mumbai a Pune (seis horas), yo volví a sentirme descompuesta y con deseos de desvanecerme.
Cuando llegamos, me perdí la graduación de mis alumnos por mis malestares y hasta me costó convencer a mi colega, y compañera de casa, que estaba sufriendo una fuerte recaída y no tan solo una gripe, como ella creía. Al ver que mi situación no mejoraba, me llevó a una pequeña clínica del barrio, donde estuvieron días enteros realizándome estudios y análisis sin poder darme un diagnóstico claro, todo con el fin de sacarnos dinero por ser extranjeras.
Finalmente, mientras que mi salud empeoraba, sumiéndome en un sueño del que me resultaba difícil despertar, mi colega me internó en el hospital adventista de Pune. A horas de haber sido admitida, me diagnosticaron malaria cerebral y entré en coma cuatro, gravemente inconsciente. Decidieron realizarme transfusiones de sangre y luego pude reponerme. Después me entere de que muchos hermanos indios de la misión habían donado su sangre para que yo pudiera curarme. Dios fue fiel en proveer también el dinero que necesité posteriormente, para pagar las cuentas de la internación y los medicamentos, a través de donaciones sacrificiales de mi familia en la fe.
Cuando estaba por dejar la clínica, un matrimonio amigo se ofreció a llevarme a su casa para cuidarme, para alimentarme y para ayudarme a salir adelante con la fuerte anemia que me había quedado.
A menudo me pregunto qué fue lo que sucedió esa semana que estuve inconscientemente dormida. No lo sé con seguridad, pero sí sé que Dios no se durmió, sino que envió ángeles para protegerme de la muerte y me dio una nueva oportunidad para estar agradecida de vivir.

“Alzaré mis ojos a los montes, de donde vendrá mi socorro. Mi socorro viene de parte del Señor, que hizo los cielos y la tierra. No dará tu pie al resbaladero; ni se dormirá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel”, Salmo 121.

martes, 17 de junio de 2014

Punto de partida.

Punto de partida
En mi adolescencia hubo un momento en que me sentí vacía y sin sentido. Ir a la iglesia parecía ser una costumbre buena, pero aburrida. A menudo, miraba alrededor mío durante las reuniones y me preguntaba: “¿Esto es todo lo que hay?”.
A los 15 años, para una jovencita es difícil entender la diferencia entre religión y relación con Dios, aunque de algo estaba segura: no quería una vida llena de costumbres, pero anhelaba vivir abundantemente en Cristo. En el verano del 92, me enteré de una conferencia que se llevaría a cabo en el Hogar Escuela, en Ezeiza, donde habría jóvenes de toda la congregación. Iba a ser la primera vez que asistiría sola a algún lado. Mis padres me autorizaron a ir, y esa experiencia fue un antes y un después para mí.
Con mujeres en Odisha, India. 
Durante los tres días que duró la conferencia, conocí muchos otros adolescentes que, como yo, amaban a Dios y querían hacer algo interesante de sus vidas. En el predio teníamos momentos de comunión, con canciones nuevas; talleres que hablaban de la necesidad en diferentes países; y, además, había personas que nos contaban cómo trabajaban en esos lugares. Por las noches las plenarias nos desafiaban a un compromiso personal con Jesús: ir y predicar el Evangelio a toda criatura. Una noche uno de los predicadores, Alejandro Rodríguez, nos invitó a decirle a Jesús: “Aquí estoy, envíame”. Yo, con lágrimas en los ojos, decidí consagrarme de corazón para una vida en Dios llena de aventuras. Fue en ese momento cuando recordé la información que había escuchado sobre la India; mi corazón casi se salía de lo fuerte que latía. Me dije para mis adentros que quería ser yo la que entregara su vida para llevar el mensaje de Jesús, sin saber lo que esto significaba realmente.
Al volver a casa, les conté a papá y a mamá, mientras tomábamos mate, qué era lo que más me había impactado de la conferencia. De pronto, me encontré diciéndoles, casi llorando, que yo quería ir a India. Papá me miró, entre sorprendido y azorado, y me dijo: “Sos muy joven para viajar tan lejos; primero, tenés que terminar la secundaria, elegir tu carrera y, luego, hablaremos”. Recuerdo haber pasado todo ese año pidiéndole a Dios que convenciera a mis padres de que esta había sido su idea: invitarme a ser parte de la Gran Comisión, llevar las buenas noticias de Jesús hacia donde Él me necesitara.
Los chistes de algunos tíos y primos, al preguntarme qué carrera seguiría, eran alusivos. Ante mi respuesta, me decían: “Ah, ¿vas a hacerte monja como la Madre Teresa de Calcuta?”. Yo me quedaba confundida y tímida, y no sabía bien qué contestarles.
Con papa despidiendonos, yendo al aeropuerto.Mayo 99.
Para mi sorpresa, papá viajó por trabajo, a fines de ese año, a Estados Unidos. Una mañana de domingo, buscando una iglesia con su socio, encontró una base de Juventud con una Misión (Jucum), la organización interdenominacional cristiana donde posteriormente me capacitaría y trabajaría durante más de quince años. Allí, papá conoció a Eric Ritberger, quien le habló de la obra misionera en el mundo y le contó que había sido uno de los fundadores de Jucum Argentina a fines de los 80. Y he aquí una hermosa causalidad —ya que para Dios no existen las casualidades, sino las causalidades—: Eric le presentó a papá a un pastor de la India que se encontraba de visita pidiendo apoyo y ayuda para su ministerio en el estado de Odisha. Mi padre quedó profundamente impactado al conocerlo, como si hubiera sentido que el mundo entero se abría delante de él. Mientras le hacía una entrevista para un programa de radio que estaba realizando en Buenos Aires, recordó que su hija mayor le había dicho que sentía que Dios le estaba pidiendo ir a la India para servirlo.
Cuando papá regresó a casa, nos trajo a todos muchos regalitos. Para mí, además, folletos del trabajo misionero en el mundo y de la obra del pastor indio. Pero, sobre todo, lo que me trajo fueron deseos de animarme y de apoyarme en lo que yo estaba decidiendo hacer de
mi vida.
Así fue que emprendí el camino de mi aventura en Dios y decidí caminar en obediencia hacia lo que Él tenía para mí. Lo fundamental fue que pude contar con mi padre como mi coach principal. ¡Qué privilegio! Gracias a Dios tuve un padre que me enseñó a amar a Dios y su Palabra, que me guio a servirle de una manera práctica: viajando y enseñando a otras personas a conocer a Dios. Un padre que supo escuchar a Dios, que hablaba al corazón de su hija, y que supo guiarla en todo lo que necesitaba. Años después, junto con la familia, le encantaba seguirme en mis viajes a través del planisferio. ¡Qué grande papi! Me hace mucha falta, pero supongo que él cumplió su misión encaminándome en la vida con Dios.







jueves, 5 de junio de 2014

Felices en cada situación

El equipo práctico de la Escuela de Entrenamiento y Discipulado de JuCUM (Juventud con una Misión) estaba formado por seis personas: cuatro indios y dos latinas, de entre 20 y 30 años. Nuestro viaje consistía en transportarnos en tren de Pune a Mumbai y, luego, desde allí hasta Odisha (estado que se encuentra en la costa este de la India). Participamos de una caminata de oración en el Festival Hindú de las Carrozas, que se lleva a cabo cada año en la ciudad de Puri, situada en la Bahía de Bengala. En ese lugar nos estaba esperando nuestro anfitrión, un pastor muy carismático y amigable que nos acompañaría durante el mes de servicio en las iglesias de ese lugar.
Caminando por una aldea, cubriendonos del fuerte sol.
Fue un tiempo muy productivo. Recorrimos varios pueblos en jeep. Al vernos, los niños nos seguían corriendo y, una vez que llegábamos, se quedaban observándonos por las ventanas del vehículo con curiosidad. Para muchos era la primera vez que veían extranjeros. No nos importaba nada —ya sea comer poco, dormir en esterillas sobre el piso duro, caminar durante horas o bajo el caluroso sol en las montañas— con tal de tener la alegría de predicar el mensaje de Jesús a esas familias tan amables y acogedoras. Los indios son, de por sí, simpáticos, preguntones y muy amistosos. Buenos conversadores, si conocés su idioma, claro. El pastor nos acompañó a todos lados, a cada hogar. Cantamos canciones en hindi y en inglés, y él las tradujo al oriya (lengua oficial de la región). Bailamos e hicimos coreografías para lograr transmitir el mensaje de Jesús de una manera más entendible para ellos. Mi corazón se enternecía al ver tantas mujeres y niños que necesitaban del amor de Cristo.
Comiendo arroz sobre platos de hojas de arbol. 
Lo primero que hicimos con el equipo, al llegar a Puri, fue limpiar el local de la iglesia donde nos hospedaríamos por las noches. Fue una limpieza general: barrer y baldear pisos acarreando agua del pozo más cercano, limpiar techos, ventilar muebles, conseguir trastos de cocina (como ollas y algún anafe) para poder cocinarnos. Esta actividad se convertía en una costumbre cada vez que llegábamos a algún pueblo o aldea. No podíamos pretender que familias tan humildes nos albergaran o nos dieran de comer. En una ocasión, al haber sido invitados a almorzar, presencié cuando la dueña de casa, sirviendo a uno de sus niños un plato con agüita de arroz, le decía que comiera todo porque lo haría crecer rápido y aprender en la escuela.
En esa zona ciertas familias acomodadas, en lugar de vacas, crían cerdos en sus propias casas. Una de las integrantes de nuestro equipo nos contó, con estupor, que cuando quiso ir al toilet, en una de las casas a las que habíamo
s sido invitadas, se llevó una gran sorpresa. Este era sencillo, hecho de chapas, ubicado en una lomada. Mientras ella se encontraba en el baño, de repente escuchó cierto gruñido de animales que venía por debajo de una de las chapas en la parte de atrás. Se le fueron las ganas de estar ahí cuando comprobó lo que se imaginaba: chanchos que se alimentaban de desechos humanos.
Haciendo un evento para niños.
La realidad en el subcontinente indio es que existe un gran contraste económico. Muchos son absurdamente pobres; otros, ridículamente ricos, pero ¿cuál es la verdadera riqueza sino conocer que todo lo que tenemos viene de Dios? Si logramos algo en la vida, es porque Él nos ha dado la fuerza para alcanzarlo con esfuerzo y con trabajo. Lo maravilloso de no tener nada es que aun lo poco que uno posee significa mucho. De esta manera, uno aprende a valorar las pequeñas cosas que son realmente importantes: un vaso de agua potable, un baño caliente, las sábanas limpias, el sabor de la comida, el abrazo de un amigo, el calor de la familia.

El apóstol Pablo, en la Biblia, nos dice: “He aprendido a contentarme cualquiera sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad”, (Filipenses 4:11-12). Por eso, hoy Dios nos anima a tener la misma actitud: estar agradecidos y felices por cada una de las situaciones que nos toca vivir en la vida. Esta actitud marcará la diferencia. Hagamos hoy una lista agradeciéndole a Dios por todo lo que tenemos, porque como dijo un sabio: “El problema no es lo que cuanto tenemos, sino lo que hacemos con lo que tenemos”.

 






sábado, 31 de mayo de 2014

"A veces avanzar implica detenerse"


A veces, avanzar implica detenerse


Durante muchos años estuve en la cresta de la ola, participando en una actividad tan cool como puede ser trabajar en una organización de gente joven que da los mejores años de su vida, viajando y haciendo obras prácticas, para que todo el mundo pueda conocer a Dios. ¡Guau! Suena muy bien, ¿no es así? No solo suena, ¡es así! Luego de tantas vivencias y de tantos años de servicio en liderazgo en diferentes países del mundo, me sentía muy bien ayudando con mis dones y habilidades de enseñanza, dirigiendo a otros en adoración en la comunidad, consolando y animando. Me sentía útil, necesaria, importante, hasta quizás… privilegiada.

Meditando frente a los campos de Toledo. España.
Más allá de todo, creo que, como humana, me cansé, me agoté. Quedé exhausta. Burnt out le dicen en inglés. Seca. Vacía. Stressed out. Sin nada para dar. Tantos años de esfuerzo… Terminé haciendo yo sola el trabajo de un equipo de seis personas. Viajaba en tren durante días enteros, exponiéndome al acoso de hombres inescrupulosos de los cuales escape más de una vez. Me enfermé de malaria dos veces seguidas, por lo que caí en coma cuatro, inconsciente. Iba y venía de aeropuertos, anhelando viajar en el próximo vuelo si había lugar, porque así el pasaje era mucho más barato. Contaba hasta el último peso para poder trasladarme y cumplir mi misión. Dormía en estaciones de trenes, sin agua y sin comida, porque el tren había quedado varado por inundaciones. Años enteros de esfuerzo para conseguir personas deseosas de colaborar con un proyecto que, por estar en otro continente, no se ve; y como dice bien el refrán: “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Pero ¿acaso me estoy quejando? No, reflexiono nomás.

Con el tiempo me di cuenta de que existe demasiada pobreza espiritual y material: llegué a sentirme como un granito de arena frente al inmenso mar de la necesidad. Deseaba cambiar el mundo y ayudé en algo. Hice mi parte. Lo que pude. Después de veinte años de servicio, creo firmemente que el secreto de amar a Dios está en hacer una diferencia donde uno se encuentra, donde Dios te ubica. La India, la China o el supermercado chino. Sí, es cierto, hacen falta personas decididas que, como yo, tengan un propósito específico para que sean enviadas a un lugar determinado. Pero también es importante que tengan una consciencia solidaria desarrollada de antemano en su propia comunidad, en su barrio, en su casa: hacer esto sin dejar de hacer aquello.
Los molinos del Quijote de la Mancha.
A medida que pasaron los años, fui tomando decisiones que cambiaron mi vida viajera. De jovencita le pedía a Dios un hogar, un amor, un lugar; y Él, que es fiel y no es deudor de nadie, me los ha otorgado. El desafío es afianzarlos, edificarlos de tal manera que pueda reflejar a Jesús a través de ellos. En esta etapa ser valiente, para mí, significa quedarme, plantarme y desafiar las dificultades cotidianas; apropiarme de este espacio que Él me ha dado, ser buena administradora de sus dones, de las circunstancias nuevas que me pone delante. Estos últimos cuatro años, descubrí que muchas veces dar una charla elocuente o una enseñanza teórica de cómo mostrar a otros el amor de Dios es sencillo, pero que lo superdesafiante es vivir día a día, en secreto, cuando las grandes multitudes no te ven ni te conocen. Supongo que esto lo puedo hacer cuando voy de compras, en el hogar de ancianos Raimondi o en los pasillos del hospital Ferreyra —mientras espero por alguna consulta médica—, cuando visito a mi madre o paso tiempo con mis sobrinos. Estas oportunidades las tenemos todos diariamente en nuestros hogares, trabajos e iglesias, y no hace falta sentirnos como Superman para llevarlas a cabo. Solamente es necesario hacer nuestra parte, lo que podamos, para brindar un poco de luz a este mundo en oscuridad.



viernes, 23 de mayo de 2014

Paraguay. Nacida para bendecir.

Paraguay: nacida para bendecir
Mi primera experiencia misionera fue vivir un año entero en otro país. Durante mi capacitación había viajado a Perú por tres meses, y ahí mi líder, Jorge, me había animado a hablar por primera vez en una plaza durante un carnaval. Luego de ese entrenamiento básico —y con tan solo 20 años—, fui invitada a dirigir una escuela de liderazgo para jóvenes paraguayos, deseosos de aprender de Dios.
Con un grupo de adolescentes y jovenes frente al rio. 
Si sabía algo en ese entonces era que en la vida había sido creada para bendecir y para ir hacia donde hubiera necesidad, ayudando a otros. Me llamaban desde Paraguay, y ese era un privilegio que no podía desaprovechar. Recuerdo haber luchado tanto dentro de mí… tenía sentimientos de subestimación y de inferioridad. No me sentía lo suficientemente capacitada para enseñar, aunque la pasión por Dios y porque otros lo conocieran sobrepasaba todo lo que hubiera podido pensar que me limitaría a la hora de obedecer su voz. Mientras preparaba y promocionaba el viaje, conocí a una chica muy valiente —a la que llamaré Marines—, que estaba contenta de poder viajar y de colaborar conmigo en el proyecto que llevaríamos adelante: la Escuela de Liderazgo Internacional.

Todo el viaje hacia Pilar me pareció una aventura. Viajamos junto con papá, que se iba a quedar unos días, ya que él también había sido invitado a predicar en las iglesias. Fuimos en micro desde Retiro hasta Chaco y allí tomamos una camioneta que nos acercó al puerto en Formosa. Luego, abordamos un bote para así cruzar el caudaloso río Paraguay y llegar a la localidad de Pilar.
Pilar es una ciudad que todavía revela características del tipo colonial: las calles principales están adoquinadas; la municipalidad, la escuela y la iglesia rodean la plaza central; y, además, hay mucha forestación tropical. En verano el calor húmedo pesa sobre el cuerpo, de manera tal que uno se siente más cansado de lo normal.
Los pastores que me habían convocado nos esperaban en su casa para almorzar un rico vorí vorí: un plato típico del estado de Ñeembucú, que consiste en una especie de estofado jugoso con albóndigas hechas de harina de maíz y queso. Muy nutritivo, por cierto.
Me llevó tiempo acostumbrarme tanto al clima como a la cultura. Con Marines, de a poco, fuimos conociendo mucha gente y nos hicimos de varios amigos queridos. Hermanos y hermanas muy sociables nos invitaban a sus casas. A veces, me hallaba un poco extraña cuando, de repente, sintiéndose cómodos con nuestra presencia, olvidaban el español y se lanzaban a hablar el musical idioma guaraní, del cual nosotras no teníamos ni la más remota idea.
Un atardecer en el rio Paraguay. 
En el curso tuvimos una buena cantidad de inscriptos. Los tiempos de clases eran flexibles y espontáneos; luego de compartir la enseñanza, orábamos y nos dejábamos llevar por lo que el Señor nos indicara hacer en ese momento. Fue un tiempo muy enriquecedor; veinte alumnos se graduaron con diploma y honores. Estos jóvenes fueron motivados y lanzados a servir donde sea que estuvieran. Hoy en día la mayoría de esas chicas y chicos han formado sus familias y se encuentran sirviendo en diferentes lugares de Paraguay y de Argentina.
Fue muy satisfactorio ver cómo mi trabajo de maestra de la Biblia caía en buena tierra. Cada día preparaba con mucha devoción y responsabilidad la enseñanza para compartir y, luego, la transmitía con dedicación. Los chicos escuchaban con atención, y nuestros corazones eran animados. A través de este proceso, Dios me sorprendió mostrándome quién soy en Él y enseñándome que podemos superar cualquier desafío si creemos en Él. También pude aprender que, como dice la frase de Hudson Taylor: “No son los grandes hombres que transforman el mundo, sino los débiles y pequeños en las manos de un Dios grande”. 






jueves, 8 de mayo de 2014

Letonia: La Revolucion Cantada.

Letonia: la Revolución Cantada

En Enero del 2009, tuve el privilegio de trabajar como traductora (del español al inglés), durante tres meses, con un grupo de gente magnífica en una escuela de Consejería Pastoral y Familiar, en la ciudad de Vadermarpils, Letonia (Latvia).
Letonia es un hermoso país báltico, lleno de llanuras y de bosques, situado al este de Rusia y al oeste de Bielorrusia, entre Estonia y Lituania. Hasta los noventa perteneció a la Unión Soviética, pero ahora es miembro de la Unión Europea. Su gente es amable y humilde de corazón. Su mayor riqueza cultural se basa en cantar canciones folclóricas y contar historias, que pasan de generación en generación, alrededor del fuego del hogar familiar.


Durante mi estadía en esa nación, me contaron una historia sobre el tiempo del dominio ruso. En ese período, los letones fueron oprimidos a través de la falta de libertad para congregarse y para cantar como lo habían hecho antes; no podían realizarlo públicamente, todo era muy parecido a una dictadura. De todas formas, la sed y el hambre por la libertad fueron creciendo dentro de los corazones del pueblo letón. Poco a poco, fueron poniéndose de acuerdo para proclamar su liberación; de manera que decidieron reunirse a entonar canciones típicas, en su propio idioma, en lugares públicos y estratégicos, como escuelas, plazas, estadios, iglesias y clubes deportivos.

Cuando las tropas soviéticas se acercaron a la plaza Mayor en Riga, intentando frenar este proclamo musical, más alto y más fuerte cantaron los letones. Los soldados oyeron la
orden de un alto funcionario que desde Rusia les pedía que se retiraran de todos los puntos donde se encontraban. Sin causa lógica alguna, se fueron del lugar, muy confundidos. Así fue que los letones recuperaron en 1991 la independencia que se les había arrebatado cincuenta y un años atrás. A este evento se lo llamó la Revolución Cantada. Un dato que me parece muy interesante destacar es que dicen que fue un importante funcionario ruso quien entró en pánico, al ver tanta gente reunida cantando estridentemente, y creyó oír la orden de retirada. Esa orden nunca existió y el pueblo de Letonia atribuye la liberación a una intervención divina.

Esto me recuerda a la historia, referida en la Biblia, del profeta Eliseo y de su criado. Dos pueblos les habían declarado la guerra. En un momento de pánico, al ver los ejércitos que los rodeaban, el asistente del profeta gritó con desesperación: “¡Ay! ¿Qué vamos a hacer?” Entonces, Eliseo le pidió a Dios que le abriera los ojos para mostrarle el ejército espiritual, con carros y a caballo, que estaba listo para defenderlos. ¡Cuántas veces nos encontramos en medio de una situación difícil y nos cuesta ver que Dios está con nosotros y que Su ayuda viene en camino! En esos momentos debemos tener los ojos bien abiertos para darnos cuenta de que, como dice la canción, “aunque no lo veamos, el sol siempre está”, y Él es nuestro sol de justicia en medio de la noche más oscura.

viernes, 2 de mayo de 2014

Necochea: El encuentro.

 Necochea: el encuentro.

Era una tarde fría y ventosa, de esas típicas de nuestra costa bonaerense. Me lo crucé, hace dos semanas, en la vereda de mi departamento, yo volvía de acompañar a mi suegra a que tomara un taxi. Él me miró como sorprendido y me dijo: “¡Necesitás un gorrito porque hace mucho frío y después vienen los resfríos!”. Algo me hizo detenerme y le contesté: “Tengo uno, muy lindo, pero pensé que era demasiado para esta época. Lo guardo para el invierno”. De repente, sentí como que lo conocía de toda la vida.
Era un señor mayor, de unos setenta años. Alto, cabello blanco, algo despeinado. Su cara bonachona dejaba notar los surcos que habían marcado los años y las experiencias de una vida sufrida; sin embargo, las palabras fluían de su boca con gracia y con elocuencia. Daba gusto escucharlo. No me di cuenta y, de pronto, me encontré sumergida en una charla muy interesante.

“Me llamo Roberto y vivo en el hogar de ancianos Raimondi desde hace poco menos de un año. Nací en la calle Necochea de la Boca y viví en esa misma calle, en diferentes numeraciones, a lo largo de mi vida. Luego, ya mayor, fallecidos mi esposa y mi hijo de cuarenta años, perdí mi casa y me encontré viviendo en la calle. Llegué a dormir en los colectivos. De noche, me tomaba el 53 hasta la terminal y me quedaba durmiendo en el último asiento, sin que nadie se diera cuenta, hasta el día siguiente”. Me dijo que escribía poesía y, con una delicadeza propia del hombre culto, comenzó a recitarme algunos de sus poemas románticos que hablaban de personas enamoradas que disfrutaban a orillas del mar. Le conté que era una novata en la escritura y que aún tenía mucho por aprender.   

Luego, en cuestión de un minuto, resumió las virtudes que logró ver en mí. “Sos observadora —me dijo—, transparente, una mujer de buena cuna, una mujer muy valiosa. Tener más de tres virtudes en el mundo de hoy es fortuna”. Roberto podía pasar desapercibido. Tenía apariencia de sufrido, de haber sido duramente golpeado por la vida, pero, al hablar con él, uno percibía como si esto no hubiera logrado amargarlo. Había una belleza en sus palabras, en la profundidad que revelaba con lo que hablaba.

Cualquiera pensaría que Roberto era una persona común y corriente, pero yo creo que pudo haber sido un ángel que Dios me mandó para animarme. Agradezco haberme cruzado con alguien que resultó ser de bendición para mí en ese mismo instante. ¿Cuántos de nosotros podemos dar gracias a Dios por encontrarnos con personas que quizás nunca más volvimos a ver, pero que nos ayudaron e hicieron una diferencia en nuestro día?


sábado, 26 de abril de 2014


Sudáfrica: conexiones

Sabrán comprender que esta experiencia sucedió hace muchos años atrás y, por lo tanto, no logro recordar bien las fechas. Desde los 18 años, me capacité y me entrené con excelencia en una organización cristiana internacional llamada Juventud con una Misión. La Universidad de las Naciones tiene sus sedes en muchísimos países alrededor del planeta; está integrada por cientos de miles de voluntarios que dedican sus vidas a compartir el amor de Dios y su Palabra, la Biblia, con las familias de la tierra.

Con lo que amo el servicio misionero y viajar por el mundo, no siempre ha sido todo color de rosas. Trabajando en India, conseguía visas por seis meses y luego debía viajar a otros países limítrofes para solicitarlas. En lo económico esto significaba tener que ahorrar durante esos meses para poder comprar un boleto de avión y, así, poder contar con el dinero suficiente para quedarme, al menos, una semana en ese lugar, tiempo que tomaría conseguir la visa.

En una oportunidad, me encontraba en Tailandia —era uno de los primeros viajes que realizaba— y solo contaba con el dinero suficiente como para el vuelo y para pagar tan solo dos noches en un hotel sencillo. Recuerdo la incertidumbre de no saber qué ocurriría conmigo. Pasé todo un día, ya sea en la habitación del hotel o caminando por Bangkok, pidiéndole a Dios que me mandara las finanzas que necesitaba sobrenaturalmente.

De repente, miré mi bolsillo y encontré el último dólar que tenía. Decidí ir a un cibercafé y escribirle a mi mamá para contarle mi situación. Por supuesto que ella sabía mejor que nadie que yo me encontraba, una vez más, en una encrucijada y dependiendo de Dios.

Entonces, mamá me comentó que un grupo de señoras, en una conferencia en Sudáfrica, habían estado orando por misioneros cuando se acordaron de mí y de mi trabajo en Asia. Una de ellas sugirió juntar dinero para ayudarme; se preguntaban cómo hacerme llegar el depósito, hasta que otra de las mujeres comentó que podrían conectarse con una señora —a la que llamaré Susana—, que dirigía un grupo de concientización de misiones en Buenos Aires. Ella podría comunicarse finalmente con mi mamá para hacerme llegar el dinero de alguna manera.

Así, y en cuestión de horas, Dios, en su infinito amor y cuidado, me estaba proveyendo una vez más lo indispensable para cubrir mis necesidades, usando conexiones espirituales a través de la oración. Él movió los hilos mediante mi oración en Tailandia y la de las señoras en Sudáfrica; envió mi bendición a Argentina y de vuelta a Tailandia. ¡Qué maravilloso milagro! Y justo a tiempo.

La Biblia dice, en Mateo 21:22: “Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis”. Para nuestras vidas la oración es como el aire que respiramos. Es ese suspirar que elevamos delante de Dios mientras nos encargamos de realizar nuestras actividades diarias. Alrededor del mundo, muchos doblan rodillas, repiten mantras u oraciones que otras personas escribieron, una y otra vez. A Dios no le importan tanto las formas. No le interesa realmente si orás, rezás o meditás. Si levantás las manos u orás sentado. A Dios le importa tu corazón, no tus palabras ni el idioma en que le hablás. Le importa el sentido y el amor que le transmitís en esa comunicación. A veces, solo lo invocamos cuando necesitamos que Él intervenga en algo imposible en nuestras vidas, pero Dios permanece cerca de nosotros, tan cerca que hasta escucha nuestros pensamientos cuando las palabras no logran brotar de nuestros labios.

La oración es un ida y vuelta; si le pedimos o preguntamos algo, debemos esperar con fe que Él nos va a responder. Hay situaciones en la vida en que podemos verlo con claridad y disfrutar triunfantemente de la victoria que nos da; hay otras en las que, quizás, no siempre nos conteste lo que quisiéramos escuchar. A veces, es un no o tan solo un silencio… Aunque aprendí que un silencio no siempre es no, sino que, en ocasiones, simplemente significa un esperá.

 




sábado, 19 de abril de 2014

ARADHNA - Asato Ma (Official Music Video). Un video que me encanta.


India. La bienvenida (Parte 2).


India: la bienvenida (Parte 2).

Después de un extenuante tour por las transitadas y ruidosas autopistas, llegué a su departamento. Fueron muy amables; me llevaron a lo de su amiga, a quien habían recibido en el aeropuerto esa mañana, que era traductora. No recuerdo su nombre, pero la llamaré Kamala. Ella vivía con su madre en un pequeño monoambiente. Me sirvió algo de chai (té con leche y especias), algunas masitas y me incitó a descansar. Me comentó que más tarde iríamos a cenar, e imaginé que sería a algún lugar de comidas rápidas, algo así como un Mc Donalds. Dormí una siesta y al despertar allí estaba ella, parada a los pies de la cama; sostenía un hermoso sari con el que rápidamente empezó a envolverme. El sari es una vestimenta típica de las mujeres indias, consiste en un género de seda, o de alguna tela liviana, colorido y de seis metros de largo. Lo que llamo mi atención fue que Kamala, que era una india bien moderna, iría a la cena vestida con pollera y camisa. Asumí que sería yo, entonces, la que llamaría la atención por la calle y me dispuse a la travesía vestida así; hice de tripas corazón, aunque tenía miedo de tropezarme con la tela que pisaba con los pies.

Tomamos un taxi, un rickshaw (pequeñas motitos con asientos como para llevar tres personas detrás) y después caminamos. Llegamos a un edificio y luego subimos unos cuantos pisos hasta la terraza, donde había un hermoso restorán. Alrededor de sesenta personas, o más, estaban esperándonos. Todos indios, hombres y mujeres, curiosos e igualmente interesados en saber quién era esta invitada extranjera que Kamala había llevado a su cena de bienvenida del club. Supongo que me vería como una jovencita exótica, vestida de esa manera y con cara de “yo no fui” sonriendo a cada pregunta que me hacían para no tener que hablar demasiado. A decir verdad, me sentía muy sorprendida y privilegiada por haber tenido semejante recibimiento. Quién se hubiera imaginado a Erikita en un verdadero banquete de diversidad multicultural. Estas personas se mostraron amables y bienintencionadas. Estaban muy contentos con haberme conocido y, por supuesto, yo sentía que finalmente se estaba cumpliendo uno de mis grandes sueños, para el cual me había preparado durante tantos años: pisar mi tierra prometida.

Varios se ofrecieron a llevarme a Pune (la ciudad donde iría a vivir) para ayudarme, así, a encontrar a mis amigas. Les agradecí y, luego de un rato ameno, en el que me sentí la estrella del momento, regresamos al departamento para descansar; después iríamos al aeropuerto a buscar mi maleta y a ver si alguien había llegado finalmente a rescatarme.

Cuando salíamos del aeropuerto, ya con mi maleta y mis pertenencias en mano, escuché detrás de mí voces de chicas que hablaban español; de repente, me preguntaron: “Disculpa, ¿eres Erika Córdoba?”. Respondí que sí y nos alegramos de habernos encontrado.

Me encanta la manera que Dios tiene de sorprendernos, más allá de lo que entendemos o esperamos. Me gusta pensar que Él me tenía preparada esta aventura para que yo disfrutara de ese recibimiento extraordinario en India, que soy su hija y embajadora y que, como tal, me estaba dando la bienvenida al país que sería mi hogar durante los siete años venideros. Agradezco a Dios por nuestros hermanos indios que sin conocerme me hospedaron y me adoptaron como a una de las hijas de su nación. Pablo nos recuerda de practicar “la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Hebreos 13:2). 
 
 

sábado, 12 de abril de 2014

India. La bienvenida (1era parte).



India.La bienvenida  (Parte 1)

Papá había contratado una combi para que juntos, familia y amigos, pudiéramos ir al aeropuerto y despedirnos. Era un día tan especial… Yo estaba entre emocionada y cansada por tanto ajetreo de último momento. La casa estaba revolucionada; papá, nervioso y enojado al descubrir que yo no contaba con toda la información que necesitaba para llegar a India y para manejarme sola si no llegaban las personas que me iban a recibir. Sucedió un 27 de mayo de 1999. Tenía tan solo 23 años.

Por falta de experiencia, había olvidado tomar nota de datos muy importantes, como por ejemplo, que no era lo ideal sacarme una muela antes de volar y que debía tener a mano las direcciones y los teléfonos de mis contactos en Pune, la ciudad donde me iba a radicar.

La despedida en Ezeiza tuvo ese ambiente enrarecido que se da en las despedidas familiares, muy emocionales y hasta un tanto incómodas, donde uno quiere llorar y sonreír a la vez como si nada pasara y con eso lograras aliviar la pena de tener que decir adiós.

Habiendo hecho transbordo en Sudáfrica —lo único que logro recordar es que estaba medio somnolienta—, un señor africano, que parecía un jugador de básquet, se sentó al lado mío y me preguntó de dónde era; a lo que yo respondí, escuetamente: “Argentina”.

En Mumbai llovía torrencialmente. Era época de lluvias monzónicas. Aterrizamos y descubrí que mi valija se había quedado en Sudáfrica, así que, tuve que hacer el reclamo y esperar pacientemente que alguien viniera a buscarme.

Era medianoche y seguía esperando, preocupada, en el hall del inmenso aeropuerto Chhatrapati Shivaji. Mucha gente iba y venía, recibiendo a sus amigos y parientes, mientras yo entraba y salía del baño pidiendo al cielo que mandara a alguien para llevarme a mi nuevo hogar. El cansancio por el viaje y el calor, sumados  a un intenso dolor de muelas que me atacaba, me hacían sentir cada vez más confundida. Nadie llegó y yo aguardé durante horas en el mismo banquito.


Ya por la mañana, percibí que una pareja me miraba y hablaba de mí. Pasaron un rato así hasta que la mujer se me acercó y me preguntó qué hacía, de dónde era, a quién esperaba y para qué había ido a la India. ¡Eran muchísimas preguntas para mi inglés tan básico! Como pude les respondí, ellos me dejaron su tarjeta, muy amablemente, y me animaron a llamarlos si precisaba algo. Les dije que no sería necesario y les agradecí; pero a las horas estaba famélica, cansada y, luego de telefonearlos, me lancé a la aventura de recorrer la gran ciudad de Mumbai en taxi.



El proximo sabado: India. La bienvenida (parte 2).

sábado, 5 de abril de 2014

Crisis = Oportunidad.


A menudo escucho que las crisis son oportunidades de crecimiento en la vida, pero ¡qué difícil es verlo, en realidad, cuando estamos en medio de una!
Quién soy, dónde estoy y dónde voy son preguntas existenciales, que es importante replantearse cada vez que sea necesario. Para mí son como volver a calibrar mi dirección y mi propósito en la vida.
Dónde está Dios, qué quiere decirme y qué quiere hacer conmigo en este verdadero instante son las cosas que me pregunto. Cuando la adrenalina de la misión, de los viajes internacionales y de los amigos multilingües ya no está, te cae la ficha de que la rutina está instalada, y esta te golpea en la cabeza como con un martillo. Entonces, te preguntás: “¿Qué pasa conmigo? ¿Hay algo interesante por delante?”; y Dios dice: “Sí, hay mucho más, solo esperá y verás”… pero a mí me cuesta. Solo quisiera estar segura de que Él va a estar allí, en mi futuro, en mis anhelos y en mis deseos, como antes.
Qué hago con lo que tengo, con lo que Dios me dio, cuando el lugar en donde estoy es tan diferente a lo que conocí antes y parece tener puertas cerradas, con cerrojos que perdieron sus llaves en el fondo del mar.
La clave (llave) será recordar aquellos milagros de los que fui protagonista, una y otra vez, en otro tiempo; seguro me llenará de esperanza saber que nuestro Dios de ayer es el mismo hoy y por los siglos de los siglos. Él es capaz de hacer mucho más de lo que pedimos o de lo que entendemos.


La próxima edición: India: la bienvenida (1era parte).


Más posts: Conexiones: Sudáfrica y el grupo de mujeres que no solo oró, sino que actuó por fe y para bendición.