domingo, 22 de junio de 2014

Él nunca duerme

Él nunca duerme
Aproximadamente al año de haber llegado a India, ya me encontraba trabajando en una de las Escuelas de Discipulado y Entrenamiento en la ciudad de Pune. Hasta ese entonces todo mi tiempo había sido dedicado al arduo proceso de afianzarme en el idioma inglés, en el aprendizaje de las costumbres y de la cultura, y en adaptarme a las comidas y a las maneras de vestir.
En una ocasión surgió la oportunidad de elegir en oración los lugares a los que llevaríamos a nuestro equipo de estudiantes para su práctica. Luego de orar decidí que guiaría un equipo a Odisha y a Bihar.
Emprendimos el viaje desconociendo la realidad de los lugares donde pasaríamos los próximos dos meses de nuestras vidas. Ayudamos a los creyentes locales, ignorando las lluvias monzónicas, los recaudos y las prevenciones que debíamos implementar en el área de salud.
Posando junto a elefante de piedra en Puri.
Éramos dos argentinas y cuatro indios (dos chicas y dos chicos). Durante nuestra estadía en Odisha, recorrimos la ciudad de Puri. La bendecimos en oración en pleno Festival de los Carros (Rath-Yatra), un evento hinduista que se realiza en el mes de junio, en el que se construyen carrozas gigantes y se representan historias de dioses.
Al mes siguiente, al viajar a Patna (en el estado de Bihar), justo cuando comenzaba nuestra actividad, empecé a sentirme mal —como afiebrada, con el cuerpo dolorido—. Sabiendo poco y nada sobre mi estado, se me diagnosticó malaria. Estos malestares hacían que fuera cada vez más difícil levantarme de la esterilla del suelo, donde descansaba todas las noches. Recuerdo que les rogaba a mis compañeros de equipo que, por favor, me llevaran al hospital (lo cual posteriormente agradecí que no hubieran hecho, ya que al visitarlo pude conocer el terrible estado en el que se encontraba).
Lentamente, fuimos cayendo uno a uno —otra argentina y luego los dos chicos indios—, atacados por la infección que provoca un mosquito enfermo. Gracias a Dios, nuestro vecino era médico; nos visitaba diariamente y nos proveía el tratamiento indicado de quinina para sanarnos: pastillas muy fuertes que tomamos durante seis días continuos.
Fueron tiempos difíciles; en lugar de nosotros contribuir en las actividades de la congregación a la que fuimos a visitar, ellos se encontraron desafiados a colaborar con la situación de nuestro equipo. Poco a poco, nos empezamos a sentir mejor; nuestra responsabilidad y el compromiso con Dios que nos llevaron a ese lugar nos hicieron apresurar la recuperación. Aunque estábamos convalecientes, logramos realizar varias tareas evangelísticas y eventos con niños en los últimos días de nuestro práctico.
En camino de regreso a casa, tuvimos que esperar treinta y seis horas el tren en la estación porque, por las inundaciones, había quedado varado y no podía avanzar. Recuerdo haber discutido bastante intentando convencer a mi colega indio para que nos hospedáramos en algún hotel o regresáramos con nuestros anfitriones. Él quiso permanecer ahí ya que, en caso de que el tren se dignara pasar, no perderíamos nuestros pasajes.
Una terminal de rickshaws en Odisha. Detras se ven los templos hindues.
Así viajamos de Patna a Mumbai durmiendo todo lo que no habíamos podido. En el trayecto de Mumbai a Pune (seis horas), yo volví a sentirme descompuesta y con deseos de desvanecerme.
Cuando llegamos, me perdí la graduación de mis alumnos por mis malestares y hasta me costó convencer a mi colega, y compañera de casa, que estaba sufriendo una fuerte recaída y no tan solo una gripe, como ella creía. Al ver que mi situación no mejoraba, me llevó a una pequeña clínica del barrio, donde estuvieron días enteros realizándome estudios y análisis sin poder darme un diagnóstico claro, todo con el fin de sacarnos dinero por ser extranjeras.
Finalmente, mientras que mi salud empeoraba, sumiéndome en un sueño del que me resultaba difícil despertar, mi colega me internó en el hospital adventista de Pune. A horas de haber sido admitida, me diagnosticaron malaria cerebral y entré en coma cuatro, gravemente inconsciente. Decidieron realizarme transfusiones de sangre y luego pude reponerme. Después me entere de que muchos hermanos indios de la misión habían donado su sangre para que yo pudiera curarme. Dios fue fiel en proveer también el dinero que necesité posteriormente, para pagar las cuentas de la internación y los medicamentos, a través de donaciones sacrificiales de mi familia en la fe.
Cuando estaba por dejar la clínica, un matrimonio amigo se ofreció a llevarme a su casa para cuidarme, para alimentarme y para ayudarme a salir adelante con la fuerte anemia que me había quedado.
A menudo me pregunto qué fue lo que sucedió esa semana que estuve inconscientemente dormida. No lo sé con seguridad, pero sí sé que Dios no se durmió, sino que envió ángeles para protegerme de la muerte y me dio una nueva oportunidad para estar agradecida de vivir.

“Alzaré mis ojos a los montes, de donde vendrá mi socorro. Mi socorro viene de parte del Señor, que hizo los cielos y la tierra. No dará tu pie al resbaladero; ni se dormirá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel”, Salmo 121.

1 comentario:

  1. Muy lindo contado : lo que fue duro vivido. Rescribir es revivir, pero con la ventaja de la experiencia y el aprendizaje de lo que el futuro podemos o no hacer

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