Él
nunca duerme
Aproximadamente al año de haber llegado a
India, ya me encontraba trabajando en una de las Escuelas de Discipulado y Entrenamiento
en la ciudad de Pune. Hasta ese entonces todo mi tiempo había sido dedicado al
arduo proceso de afianzarme en el idioma inglés, en el aprendizaje de las
costumbres y de la cultura, y en adaptarme a las comidas y a las maneras de
vestir.
En una ocasión surgió la oportunidad de
elegir en oración los lugares a los que llevaríamos a nuestro equipo de
estudiantes para su práctica. Luego de orar decidí que guiaría un equipo a
Odisha y a Bihar.
Emprendimos el viaje desconociendo la
realidad de los lugares donde pasaríamos los próximos dos meses de nuestras
vidas. Ayudamos a los creyentes locales, ignorando las
lluvias monzónicas, los recaudos y las prevenciones que debíamos implementar en
el área de salud.
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| Posando junto a elefante de piedra en Puri. |
Al mes siguiente, al viajar a Patna (en el
estado de Bihar), justo cuando comenzaba nuestra actividad, empecé a sentirme
mal —como afiebrada, con el cuerpo dolorido—. Sabiendo poco y nada sobre mi
estado, se me diagnosticó malaria. Estos malestares hacían que fuera cada vez más
difícil levantarme de la esterilla del suelo, donde descansaba todas las
noches. Recuerdo que les rogaba a mis compañeros de equipo que, por favor, me
llevaran al hospital (lo cual posteriormente agradecí que no hubieran hecho, ya
que al visitarlo pude conocer el terrible estado en el que se encontraba).
Lentamente, fuimos cayendo uno a uno —otra
argentina y luego los dos chicos indios—, atacados por la infección que provoca
un mosquito enfermo. Gracias a Dios, nuestro vecino era médico; nos visitaba
diariamente y nos proveía el tratamiento indicado de quinina para sanarnos:
pastillas muy fuertes que tomamos durante seis días continuos.
Fueron tiempos difíciles; en lugar de
nosotros contribuir en las actividades de la congregación a la que fuimos a
visitar, ellos se encontraron desafiados a colaborar con la situación de
nuestro equipo. Poco a poco, nos empezamos a sentir mejor; nuestra
responsabilidad y el compromiso con Dios que nos llevaron a ese lugar nos
hicieron apresurar la recuperación. Aunque estábamos convalecientes, logramos
realizar varias tareas evangelísticas y eventos con niños en los últimos días
de nuestro práctico.
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| Una terminal de rickshaws en Odisha. Detras se ven los templos hindues. |
Cuando llegamos, me perdí la graduación de
mis alumnos por mis malestares y hasta me costó convencer a mi colega, y
compañera de casa, que estaba sufriendo una fuerte recaída y no tan solo una
gripe, como ella creía. Al ver que mi situación no mejoraba, me llevó a una
pequeña clínica del barrio, donde estuvieron días enteros realizándome estudios
y análisis sin poder darme un diagnóstico claro, todo con el fin de sacarnos
dinero por ser extranjeras.
Finalmente, mientras que mi salud
empeoraba, sumiéndome en un sueño del que me resultaba difícil despertar, mi
colega me internó en el hospital adventista de Pune. A horas de haber sido
admitida, me diagnosticaron malaria cerebral y entré en coma cuatro, gravemente
inconsciente. Decidieron realizarme transfusiones de sangre y luego pude reponerme.
Después me entere de que muchos hermanos indios de la misión habían donado su
sangre para que yo pudiera curarme. Dios fue fiel en proveer también el dinero
que necesité posteriormente, para pagar las cuentas de la internación y los medicamentos,
a través de donaciones sacrificiales de mi familia en la fe.
Cuando estaba por dejar la clínica, un
matrimonio amigo se ofreció a llevarme a su casa para cuidarme, para alimentarme
y para ayudarme a salir adelante con la fuerte anemia que me había quedado.
A menudo me pregunto qué fue lo que
sucedió esa semana que estuve inconscientemente dormida. No lo sé con
seguridad, pero sí sé que Dios no se durmió, sino que envió ángeles para
protegerme de la muerte y me dio una nueva oportunidad para estar agradecida de
vivir.






