sábado, 31 de mayo de 2014

"A veces avanzar implica detenerse"


A veces, avanzar implica detenerse


Durante muchos años estuve en la cresta de la ola, participando en una actividad tan cool como puede ser trabajar en una organización de gente joven que da los mejores años de su vida, viajando y haciendo obras prácticas, para que todo el mundo pueda conocer a Dios. ¡Guau! Suena muy bien, ¿no es así? No solo suena, ¡es así! Luego de tantas vivencias y de tantos años de servicio en liderazgo en diferentes países del mundo, me sentía muy bien ayudando con mis dones y habilidades de enseñanza, dirigiendo a otros en adoración en la comunidad, consolando y animando. Me sentía útil, necesaria, importante, hasta quizás… privilegiada.

Meditando frente a los campos de Toledo. España.
Más allá de todo, creo que, como humana, me cansé, me agoté. Quedé exhausta. Burnt out le dicen en inglés. Seca. Vacía. Stressed out. Sin nada para dar. Tantos años de esfuerzo… Terminé haciendo yo sola el trabajo de un equipo de seis personas. Viajaba en tren durante días enteros, exponiéndome al acoso de hombres inescrupulosos de los cuales escape más de una vez. Me enfermé de malaria dos veces seguidas, por lo que caí en coma cuatro, inconsciente. Iba y venía de aeropuertos, anhelando viajar en el próximo vuelo si había lugar, porque así el pasaje era mucho más barato. Contaba hasta el último peso para poder trasladarme y cumplir mi misión. Dormía en estaciones de trenes, sin agua y sin comida, porque el tren había quedado varado por inundaciones. Años enteros de esfuerzo para conseguir personas deseosas de colaborar con un proyecto que, por estar en otro continente, no se ve; y como dice bien el refrán: “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Pero ¿acaso me estoy quejando? No, reflexiono nomás.

Con el tiempo me di cuenta de que existe demasiada pobreza espiritual y material: llegué a sentirme como un granito de arena frente al inmenso mar de la necesidad. Deseaba cambiar el mundo y ayudé en algo. Hice mi parte. Lo que pude. Después de veinte años de servicio, creo firmemente que el secreto de amar a Dios está en hacer una diferencia donde uno se encuentra, donde Dios te ubica. La India, la China o el supermercado chino. Sí, es cierto, hacen falta personas decididas que, como yo, tengan un propósito específico para que sean enviadas a un lugar determinado. Pero también es importante que tengan una consciencia solidaria desarrollada de antemano en su propia comunidad, en su barrio, en su casa: hacer esto sin dejar de hacer aquello.
Los molinos del Quijote de la Mancha.
A medida que pasaron los años, fui tomando decisiones que cambiaron mi vida viajera. De jovencita le pedía a Dios un hogar, un amor, un lugar; y Él, que es fiel y no es deudor de nadie, me los ha otorgado. El desafío es afianzarlos, edificarlos de tal manera que pueda reflejar a Jesús a través de ellos. En esta etapa ser valiente, para mí, significa quedarme, plantarme y desafiar las dificultades cotidianas; apropiarme de este espacio que Él me ha dado, ser buena administradora de sus dones, de las circunstancias nuevas que me pone delante. Estos últimos cuatro años, descubrí que muchas veces dar una charla elocuente o una enseñanza teórica de cómo mostrar a otros el amor de Dios es sencillo, pero que lo superdesafiante es vivir día a día, en secreto, cuando las grandes multitudes no te ven ni te conocen. Supongo que esto lo puedo hacer cuando voy de compras, en el hogar de ancianos Raimondi o en los pasillos del hospital Ferreyra —mientras espero por alguna consulta médica—, cuando visito a mi madre o paso tiempo con mis sobrinos. Estas oportunidades las tenemos todos diariamente en nuestros hogares, trabajos e iglesias, y no hace falta sentirnos como Superman para llevarlas a cabo. Solamente es necesario hacer nuestra parte, lo que podamos, para brindar un poco de luz a este mundo en oscuridad.



viernes, 23 de mayo de 2014

Paraguay. Nacida para bendecir.

Paraguay: nacida para bendecir
Mi primera experiencia misionera fue vivir un año entero en otro país. Durante mi capacitación había viajado a Perú por tres meses, y ahí mi líder, Jorge, me había animado a hablar por primera vez en una plaza durante un carnaval. Luego de ese entrenamiento básico —y con tan solo 20 años—, fui invitada a dirigir una escuela de liderazgo para jóvenes paraguayos, deseosos de aprender de Dios.
Con un grupo de adolescentes y jovenes frente al rio. 
Si sabía algo en ese entonces era que en la vida había sido creada para bendecir y para ir hacia donde hubiera necesidad, ayudando a otros. Me llamaban desde Paraguay, y ese era un privilegio que no podía desaprovechar. Recuerdo haber luchado tanto dentro de mí… tenía sentimientos de subestimación y de inferioridad. No me sentía lo suficientemente capacitada para enseñar, aunque la pasión por Dios y porque otros lo conocieran sobrepasaba todo lo que hubiera podido pensar que me limitaría a la hora de obedecer su voz. Mientras preparaba y promocionaba el viaje, conocí a una chica muy valiente —a la que llamaré Marines—, que estaba contenta de poder viajar y de colaborar conmigo en el proyecto que llevaríamos adelante: la Escuela de Liderazgo Internacional.

Todo el viaje hacia Pilar me pareció una aventura. Viajamos junto con papá, que se iba a quedar unos días, ya que él también había sido invitado a predicar en las iglesias. Fuimos en micro desde Retiro hasta Chaco y allí tomamos una camioneta que nos acercó al puerto en Formosa. Luego, abordamos un bote para así cruzar el caudaloso río Paraguay y llegar a la localidad de Pilar.
Pilar es una ciudad que todavía revela características del tipo colonial: las calles principales están adoquinadas; la municipalidad, la escuela y la iglesia rodean la plaza central; y, además, hay mucha forestación tropical. En verano el calor húmedo pesa sobre el cuerpo, de manera tal que uno se siente más cansado de lo normal.
Los pastores que me habían convocado nos esperaban en su casa para almorzar un rico vorí vorí: un plato típico del estado de Ñeembucú, que consiste en una especie de estofado jugoso con albóndigas hechas de harina de maíz y queso. Muy nutritivo, por cierto.
Me llevó tiempo acostumbrarme tanto al clima como a la cultura. Con Marines, de a poco, fuimos conociendo mucha gente y nos hicimos de varios amigos queridos. Hermanos y hermanas muy sociables nos invitaban a sus casas. A veces, me hallaba un poco extraña cuando, de repente, sintiéndose cómodos con nuestra presencia, olvidaban el español y se lanzaban a hablar el musical idioma guaraní, del cual nosotras no teníamos ni la más remota idea.
Un atardecer en el rio Paraguay. 
En el curso tuvimos una buena cantidad de inscriptos. Los tiempos de clases eran flexibles y espontáneos; luego de compartir la enseñanza, orábamos y nos dejábamos llevar por lo que el Señor nos indicara hacer en ese momento. Fue un tiempo muy enriquecedor; veinte alumnos se graduaron con diploma y honores. Estos jóvenes fueron motivados y lanzados a servir donde sea que estuvieran. Hoy en día la mayoría de esas chicas y chicos han formado sus familias y se encuentran sirviendo en diferentes lugares de Paraguay y de Argentina.
Fue muy satisfactorio ver cómo mi trabajo de maestra de la Biblia caía en buena tierra. Cada día preparaba con mucha devoción y responsabilidad la enseñanza para compartir y, luego, la transmitía con dedicación. Los chicos escuchaban con atención, y nuestros corazones eran animados. A través de este proceso, Dios me sorprendió mostrándome quién soy en Él y enseñándome que podemos superar cualquier desafío si creemos en Él. También pude aprender que, como dice la frase de Hudson Taylor: “No son los grandes hombres que transforman el mundo, sino los débiles y pequeños en las manos de un Dios grande”. 






jueves, 8 de mayo de 2014

Letonia: La Revolucion Cantada.

Letonia: la Revolución Cantada

En Enero del 2009, tuve el privilegio de trabajar como traductora (del español al inglés), durante tres meses, con un grupo de gente magnífica en una escuela de Consejería Pastoral y Familiar, en la ciudad de Vadermarpils, Letonia (Latvia).
Letonia es un hermoso país báltico, lleno de llanuras y de bosques, situado al este de Rusia y al oeste de Bielorrusia, entre Estonia y Lituania. Hasta los noventa perteneció a la Unión Soviética, pero ahora es miembro de la Unión Europea. Su gente es amable y humilde de corazón. Su mayor riqueza cultural se basa en cantar canciones folclóricas y contar historias, que pasan de generación en generación, alrededor del fuego del hogar familiar.


Durante mi estadía en esa nación, me contaron una historia sobre el tiempo del dominio ruso. En ese período, los letones fueron oprimidos a través de la falta de libertad para congregarse y para cantar como lo habían hecho antes; no podían realizarlo públicamente, todo era muy parecido a una dictadura. De todas formas, la sed y el hambre por la libertad fueron creciendo dentro de los corazones del pueblo letón. Poco a poco, fueron poniéndose de acuerdo para proclamar su liberación; de manera que decidieron reunirse a entonar canciones típicas, en su propio idioma, en lugares públicos y estratégicos, como escuelas, plazas, estadios, iglesias y clubes deportivos.

Cuando las tropas soviéticas se acercaron a la plaza Mayor en Riga, intentando frenar este proclamo musical, más alto y más fuerte cantaron los letones. Los soldados oyeron la
orden de un alto funcionario que desde Rusia les pedía que se retiraran de todos los puntos donde se encontraban. Sin causa lógica alguna, se fueron del lugar, muy confundidos. Así fue que los letones recuperaron en 1991 la independencia que se les había arrebatado cincuenta y un años atrás. A este evento se lo llamó la Revolución Cantada. Un dato que me parece muy interesante destacar es que dicen que fue un importante funcionario ruso quien entró en pánico, al ver tanta gente reunida cantando estridentemente, y creyó oír la orden de retirada. Esa orden nunca existió y el pueblo de Letonia atribuye la liberación a una intervención divina.

Esto me recuerda a la historia, referida en la Biblia, del profeta Eliseo y de su criado. Dos pueblos les habían declarado la guerra. En un momento de pánico, al ver los ejércitos que los rodeaban, el asistente del profeta gritó con desesperación: “¡Ay! ¿Qué vamos a hacer?” Entonces, Eliseo le pidió a Dios que le abriera los ojos para mostrarle el ejército espiritual, con carros y a caballo, que estaba listo para defenderlos. ¡Cuántas veces nos encontramos en medio de una situación difícil y nos cuesta ver que Dios está con nosotros y que Su ayuda viene en camino! En esos momentos debemos tener los ojos bien abiertos para darnos cuenta de que, como dice la canción, “aunque no lo veamos, el sol siempre está”, y Él es nuestro sol de justicia en medio de la noche más oscura.

viernes, 2 de mayo de 2014

Necochea: El encuentro.

 Necochea: el encuentro.

Era una tarde fría y ventosa, de esas típicas de nuestra costa bonaerense. Me lo crucé, hace dos semanas, en la vereda de mi departamento, yo volvía de acompañar a mi suegra a que tomara un taxi. Él me miró como sorprendido y me dijo: “¡Necesitás un gorrito porque hace mucho frío y después vienen los resfríos!”. Algo me hizo detenerme y le contesté: “Tengo uno, muy lindo, pero pensé que era demasiado para esta época. Lo guardo para el invierno”. De repente, sentí como que lo conocía de toda la vida.
Era un señor mayor, de unos setenta años. Alto, cabello blanco, algo despeinado. Su cara bonachona dejaba notar los surcos que habían marcado los años y las experiencias de una vida sufrida; sin embargo, las palabras fluían de su boca con gracia y con elocuencia. Daba gusto escucharlo. No me di cuenta y, de pronto, me encontré sumergida en una charla muy interesante.

“Me llamo Roberto y vivo en el hogar de ancianos Raimondi desde hace poco menos de un año. Nací en la calle Necochea de la Boca y viví en esa misma calle, en diferentes numeraciones, a lo largo de mi vida. Luego, ya mayor, fallecidos mi esposa y mi hijo de cuarenta años, perdí mi casa y me encontré viviendo en la calle. Llegué a dormir en los colectivos. De noche, me tomaba el 53 hasta la terminal y me quedaba durmiendo en el último asiento, sin que nadie se diera cuenta, hasta el día siguiente”. Me dijo que escribía poesía y, con una delicadeza propia del hombre culto, comenzó a recitarme algunos de sus poemas románticos que hablaban de personas enamoradas que disfrutaban a orillas del mar. Le conté que era una novata en la escritura y que aún tenía mucho por aprender.   

Luego, en cuestión de un minuto, resumió las virtudes que logró ver en mí. “Sos observadora —me dijo—, transparente, una mujer de buena cuna, una mujer muy valiosa. Tener más de tres virtudes en el mundo de hoy es fortuna”. Roberto podía pasar desapercibido. Tenía apariencia de sufrido, de haber sido duramente golpeado por la vida, pero, al hablar con él, uno percibía como si esto no hubiera logrado amargarlo. Había una belleza en sus palabras, en la profundidad que revelaba con lo que hablaba.

Cualquiera pensaría que Roberto era una persona común y corriente, pero yo creo que pudo haber sido un ángel que Dios me mandó para animarme. Agradezco haberme cruzado con alguien que resultó ser de bendición para mí en ese mismo instante. ¿Cuántos de nosotros podemos dar gracias a Dios por encontrarnos con personas que quizás nunca más volvimos a ver, pero que nos ayudaron e hicieron una diferencia en nuestro día?