viernes, 23 de mayo de 2014

Paraguay. Nacida para bendecir.

Paraguay: nacida para bendecir
Mi primera experiencia misionera fue vivir un año entero en otro país. Durante mi capacitación había viajado a Perú por tres meses, y ahí mi líder, Jorge, me había animado a hablar por primera vez en una plaza durante un carnaval. Luego de ese entrenamiento básico —y con tan solo 20 años—, fui invitada a dirigir una escuela de liderazgo para jóvenes paraguayos, deseosos de aprender de Dios.
Con un grupo de adolescentes y jovenes frente al rio. 
Si sabía algo en ese entonces era que en la vida había sido creada para bendecir y para ir hacia donde hubiera necesidad, ayudando a otros. Me llamaban desde Paraguay, y ese era un privilegio que no podía desaprovechar. Recuerdo haber luchado tanto dentro de mí… tenía sentimientos de subestimación y de inferioridad. No me sentía lo suficientemente capacitada para enseñar, aunque la pasión por Dios y porque otros lo conocieran sobrepasaba todo lo que hubiera podido pensar que me limitaría a la hora de obedecer su voz. Mientras preparaba y promocionaba el viaje, conocí a una chica muy valiente —a la que llamaré Marines—, que estaba contenta de poder viajar y de colaborar conmigo en el proyecto que llevaríamos adelante: la Escuela de Liderazgo Internacional.

Todo el viaje hacia Pilar me pareció una aventura. Viajamos junto con papá, que se iba a quedar unos días, ya que él también había sido invitado a predicar en las iglesias. Fuimos en micro desde Retiro hasta Chaco y allí tomamos una camioneta que nos acercó al puerto en Formosa. Luego, abordamos un bote para así cruzar el caudaloso río Paraguay y llegar a la localidad de Pilar.
Pilar es una ciudad que todavía revela características del tipo colonial: las calles principales están adoquinadas; la municipalidad, la escuela y la iglesia rodean la plaza central; y, además, hay mucha forestación tropical. En verano el calor húmedo pesa sobre el cuerpo, de manera tal que uno se siente más cansado de lo normal.
Los pastores que me habían convocado nos esperaban en su casa para almorzar un rico vorí vorí: un plato típico del estado de Ñeembucú, que consiste en una especie de estofado jugoso con albóndigas hechas de harina de maíz y queso. Muy nutritivo, por cierto.
Me llevó tiempo acostumbrarme tanto al clima como a la cultura. Con Marines, de a poco, fuimos conociendo mucha gente y nos hicimos de varios amigos queridos. Hermanos y hermanas muy sociables nos invitaban a sus casas. A veces, me hallaba un poco extraña cuando, de repente, sintiéndose cómodos con nuestra presencia, olvidaban el español y se lanzaban a hablar el musical idioma guaraní, del cual nosotras no teníamos ni la más remota idea.
Un atardecer en el rio Paraguay. 
En el curso tuvimos una buena cantidad de inscriptos. Los tiempos de clases eran flexibles y espontáneos; luego de compartir la enseñanza, orábamos y nos dejábamos llevar por lo que el Señor nos indicara hacer en ese momento. Fue un tiempo muy enriquecedor; veinte alumnos se graduaron con diploma y honores. Estos jóvenes fueron motivados y lanzados a servir donde sea que estuvieran. Hoy en día la mayoría de esas chicas y chicos han formado sus familias y se encuentran sirviendo en diferentes lugares de Paraguay y de Argentina.
Fue muy satisfactorio ver cómo mi trabajo de maestra de la Biblia caía en buena tierra. Cada día preparaba con mucha devoción y responsabilidad la enseñanza para compartir y, luego, la transmitía con dedicación. Los chicos escuchaban con atención, y nuestros corazones eran animados. A través de este proceso, Dios me sorprendió mostrándome quién soy en Él y enseñándome que podemos superar cualquier desafío si creemos en Él. También pude aprender que, como dice la frase de Hudson Taylor: “No son los grandes hombres que transforman el mundo, sino los débiles y pequeños en las manos de un Dios grande”. 






1 comentario:

  1. Que lindo lo que contas! Que lindo la gente dulce y amable de un pueblo entrañable que enseñas a querer. Principalmente por quien lo cuenta es toda querible!

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