jueves, 24 de julio de 2014

El efecto cangrejo

El efecto cangrejo

A lo largo de estos últimos cuatro meses, pude escribir reflexionando acerca de experiencias, de viajes, de personas… anécdotas que marcaron mi vida durante tiempos muy intensos de ministerio. Considero el haber podido recordarlos un cierto privilegio del que me había privado anteriormente. Debo reconocer que, aunque quería, mi mente quedaba en blanco cada vez que intentaba volver atrás.

Cuando comencé con este proyecto, Caminatas, dejé en claro que lo hacía como un ejercicio de agradecimiento a Dios por estar en una etapa de transición y para poder llevarla adelante con gozo. Ahora pienso que fui yo la primera beneficiada, a través de la escritura y de la reflexión, con cada una de las notas. Me han ayudado a meditar sobre quién es Dios, quién soy yo y cuál es Su plan para mi vida. Soy muy consciente de que, al haber hecho público cada artículo, me expuse como un libro abierto, de manera sincera. También quedé descubierta al juicio y a las críticas de aquellos que quizás me conocen o, mejor dicho, creen conocerme; en realidad, tienen esa sensación, pero nadie puede saber de mis intenciones y de mis pensamientos como Dios, mi fiel compañero desde mi niñez.

Espero que mis escritos hayan sido de bendición, en algún sentido, o de edificación en la fe. Jesús le dijo a aquellos que creían en Él que harían cosas aun mayores porque Él iba a reunirse con Dios. Cuando nos atrevemos a creer en Él, los milagros suceden.
La verdad es que lo que quise comunicar no fue por orgullo ministerial ni por pretender ser religiosamente correcta (eso es lo que menos me preocupa). Solo quise compartir lo maravilloso que es conocer a Dios y sus caminos, que son perfectos para nosotros, aun cuando, en medio de todo eso, nos equivoquemos. Dios tiene poder para reparar nuestros errores y para obrar milagros, y puede utilizar una vida en sus manos para realizar lo que Él desee. No siento realmente que deba dar explicaciones ni defenderme. Mi Dios es quien algún día me va a juzgar. Y nos juzgará a todos. Tengo la confianza de que, cuando llegue ese día, le podré decir: “Dios mío, hice lo mejor que pude con lo que me diste”.
 Dios necesita más hijos valientes y dispuestos a obedecer Su palabra, que no les importe el “qué dirán”. Su plan no es que nos quedemos cómodos y cobardemente sentados en nuestras sillas justicieras, atrincherados y criticando a cuanta persona realiza alguna actividad; sino que, por el contrario, accionemos, activemos nuestra fe para hacer bien a otros. Que pongamos nuestras energías a voluntad de Dios. En Marcos 16:15, Jesús dijo: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura”. Lo que la palabra iglesia significa en latín es ecclesia, ‘los llamados hacia afuera’.
 Claro que es mucho más fácil ser observadores de la vida del otro y decir lo que debería o no hacer, o declarar lo que está haciendo mal. Nos creemos muy importantes en nuestra tarea de señalar la maldad de nuestros hermanos, cuando lo que Dios quiere es que prestemos atención a nuestros propios errores, nos corrijamos y luego —así, con amor y gracia, habiendo aprendido la lección— veamos la equivocación del otro. Cuando señalás a tu prójimo con un dedo, todavía tenés otros cuatro que te exponen a vos. A este fenómeno se lo llama el efecto cangrejo. Si ponés muchos cangrejos en un balde, verás que intentan tirar o bajar al cangrejo que está subiendo. ¡Cuántas veces somos como los cangrejos! No solo no podemos alegrarnos por lo bien que le va a otra persona, sino que hasta intentamos tirarle piedras, con nuestros chismes y comentarios negativos, para que no se crea demasiado importante.
Que Dios nos ayude y nos siga mostrando que Su amor por nosotros es superior a lo que podemos entender o recibir. Él es ese padre amoroso, que simplemente perdona, nos ama y nos da mil y una nuevas oportunidades en la vida. Solo cuando hemos recibido este amor, podemos estar llenos de valor, de aceptación y de afirmación para otras personas, que, como nosotros, no son perfectas, sino simplemente humanas, pero con un Dios que posee un amor sobrenatural.


viernes, 4 de julio de 2014

La brújula se mueve otra vez

La brújula se mueve otra vez
París es una de las ciudades más hermosas que pude conocer. Sus calles tan pintorescas; sus edificios antiguos, que tienen balcones con flores rojas; esa urbanidad histórica e interesante. Los centros culturales, las bibliotecas antiguas, el prestigioso Museo de Louvre, más el precioso y romántico río Sena llenaban mi corazón mientras los recorría. Un aire glamoroso, en la rutina de esta urbe, me sorprendía diariamente con algo nuevo.
El maravilloso rio Sena detras.
Dos años después de mi regreso de India, me encontré nuevamente en mi cuarto, pidiéndole a Dios ansiosamente que me mostrara el camino. La brújula de Dios se movía otra vez. No muchos meses después, a través de esos encuentros divinos (en los que creo firmemente), conocí a un pastor peruano que dirigía una de las congregaciones latinas más grandes de París. Él me invitó a ser parte de su proyecto evangelístico, que consistiría en llevar un grupo de argentinos, a través de Francia, para capacitarlos y para enviarlos a compartir con otros el mensaje de Jesús. Como fui invitada, ellos se encargaron de mi boleto de ida; sobre el de regreso, dijeron: “Dios proveerá”. Y así fue.
Fui la primera en llegar y pude disfrutar algunos días libres. Me hospedé en un departamento pequeño junto con otras dos misioneras, quienes hacía tiempo que se encontraban trabajando allí. Mientras esperaba que llegara el resto de la gente, salía a recorrer la ciudad, conocía personas en la calle y practicaba el idioma francés, que con tantas ganas había aprendido en mis años de escuela secundaria. Pude percibir que, cuando Dios nos encomienda hacer alguna tarea, Él también nos provee de lo necesario para realizarla.
Balcones elegantes.
Los días se convirtieron en meses, y los que se comprometieron a venir, nunca llegaron. Finalmente solo uno apareció. No sé si fue por falta de dinero o de compromiso, simplemente, no se presentaron. A mí me dieron la oportunidad de guiar a la iglesia latina en oración, compartiendo información sobre la necesidad en otros países, durante la reunión de los domingos. También visité enfermos en hospitales: les hacía compañía o les daba una palabra de aliento. Participé de la Marche pour Jésus, un evento multitudinario donde los cristianos salen a las calles de toda Francia para proclamar que Jesús es Señor. ¡Qué privilegio!, el pueblo francés unido dando gracias a Dios en libertad, con pancartas, con aclamaciones y con canciones. A menudo, pienso que no necesitamos gente que venga de afuera a decirnos qué hacer, porque somos nosotros mismos quienes debemos tomar responsabilidad y usar nuestros recursos para cambiar las situaciones. Aun así, a veces, alguien tiene que sacudirnos de nuestra comodidad, si así Dios lo desea.
Me gustó mucho poder estar en Francia, disfrutando de esa belleza que me hacía bien al corazón y a la vista y, aunque fui inicialmente por tres meses, decidí quedarme tres meses más. Para mantenerme en esa ciudad tan cara de Europa, recorrí los barrios de París en metro para dar clases particulares de inglés a niños y a jóvenes. Fue de esta manera que pude conocer tanta gente hermosa, por dentro y por fuera. Elegantes, estilizados en su exterior, pero sencillos y ermitaños en su alma; muchos de ellos necesitaban el aliento diario para seguir viviendo.
Para poder regresar a Argentina, la iglesia me consiguió un pasaje por Air France, uno de esos que se le facilita al personal de la compañía aérea, para ellos o para sus familias, si hay lugar en el vuelo. Son mucho más baratos. No supe de este pequeño detalle hasta que, la primera noche que intenté viajar, un señor bien enojado me dijo que no había sitio para mí, a pesar de mi insistencia, y tuve que quedarme a dormir en un banco duro del aeropuerto Charles de Gaulle.
La Marche pour Jesus en pleno Paris.
Al día siguiente conocí a una simpática monjita franciscana, con ropas azules y sandalias de cuero, que comenzó a hablarme en español y que estaba en mi misma situación: alguien le había regalado uno de esos pasajes. Poco a poco, fuimos entrando en confianza; se presentó y, para mi sorpresa, me contó que estaba regresando al oeste del Gran Buenos Aires, a mi querido Laferrere, donde hacía años desarrollaba su trabajo social y espiritual. Allí es donde, por causalidad (no casualidad), pasé mi infancia y mi adolescencia, y donde se encontraban viviendo mis padres. Mencionó la calle donde ella habitaba, y he aquí otra alegría: era Salvigny, en la cuadra siguiente a mi casa. Quizás nos habíamos cruzado en otras oportunidades.
Los siguientes cuatro días fueron un ir y venir del aeropuerto al departamento donde dormía sin poder viajar, pero también estuvieron llenos de reflexivas conversaciones con esta joven francesa, que mostraba un sincero anhelo de conocer a Dios en profundidad. La quinta noche fue la vencida, ella fue la primera en subir al avión con mucha felicidad (un piloto le cedió el asiento) y, luego, seguí yo. No puedo expresarles cómo saltó mi corazón al saber que finalmente podría regresar a mi Buenos Aires querido y a mi familia, llena de anécdotas y de bendiciones para compartir.