viernes, 4 de julio de 2014

La brújula se mueve otra vez

La brújula se mueve otra vez
París es una de las ciudades más hermosas que pude conocer. Sus calles tan pintorescas; sus edificios antiguos, que tienen balcones con flores rojas; esa urbanidad histórica e interesante. Los centros culturales, las bibliotecas antiguas, el prestigioso Museo de Louvre, más el precioso y romántico río Sena llenaban mi corazón mientras los recorría. Un aire glamoroso, en la rutina de esta urbe, me sorprendía diariamente con algo nuevo.
El maravilloso rio Sena detras.
Dos años después de mi regreso de India, me encontré nuevamente en mi cuarto, pidiéndole a Dios ansiosamente que me mostrara el camino. La brújula de Dios se movía otra vez. No muchos meses después, a través de esos encuentros divinos (en los que creo firmemente), conocí a un pastor peruano que dirigía una de las congregaciones latinas más grandes de París. Él me invitó a ser parte de su proyecto evangelístico, que consistiría en llevar un grupo de argentinos, a través de Francia, para capacitarlos y para enviarlos a compartir con otros el mensaje de Jesús. Como fui invitada, ellos se encargaron de mi boleto de ida; sobre el de regreso, dijeron: “Dios proveerá”. Y así fue.
Fui la primera en llegar y pude disfrutar algunos días libres. Me hospedé en un departamento pequeño junto con otras dos misioneras, quienes hacía tiempo que se encontraban trabajando allí. Mientras esperaba que llegara el resto de la gente, salía a recorrer la ciudad, conocía personas en la calle y practicaba el idioma francés, que con tantas ganas había aprendido en mis años de escuela secundaria. Pude percibir que, cuando Dios nos encomienda hacer alguna tarea, Él también nos provee de lo necesario para realizarla.
Balcones elegantes.
Los días se convirtieron en meses, y los que se comprometieron a venir, nunca llegaron. Finalmente solo uno apareció. No sé si fue por falta de dinero o de compromiso, simplemente, no se presentaron. A mí me dieron la oportunidad de guiar a la iglesia latina en oración, compartiendo información sobre la necesidad en otros países, durante la reunión de los domingos. También visité enfermos en hospitales: les hacía compañía o les daba una palabra de aliento. Participé de la Marche pour Jésus, un evento multitudinario donde los cristianos salen a las calles de toda Francia para proclamar que Jesús es Señor. ¡Qué privilegio!, el pueblo francés unido dando gracias a Dios en libertad, con pancartas, con aclamaciones y con canciones. A menudo, pienso que no necesitamos gente que venga de afuera a decirnos qué hacer, porque somos nosotros mismos quienes debemos tomar responsabilidad y usar nuestros recursos para cambiar las situaciones. Aun así, a veces, alguien tiene que sacudirnos de nuestra comodidad, si así Dios lo desea.
Me gustó mucho poder estar en Francia, disfrutando de esa belleza que me hacía bien al corazón y a la vista y, aunque fui inicialmente por tres meses, decidí quedarme tres meses más. Para mantenerme en esa ciudad tan cara de Europa, recorrí los barrios de París en metro para dar clases particulares de inglés a niños y a jóvenes. Fue de esta manera que pude conocer tanta gente hermosa, por dentro y por fuera. Elegantes, estilizados en su exterior, pero sencillos y ermitaños en su alma; muchos de ellos necesitaban el aliento diario para seguir viviendo.
Para poder regresar a Argentina, la iglesia me consiguió un pasaje por Air France, uno de esos que se le facilita al personal de la compañía aérea, para ellos o para sus familias, si hay lugar en el vuelo. Son mucho más baratos. No supe de este pequeño detalle hasta que, la primera noche que intenté viajar, un señor bien enojado me dijo que no había sitio para mí, a pesar de mi insistencia, y tuve que quedarme a dormir en un banco duro del aeropuerto Charles de Gaulle.
La Marche pour Jesus en pleno Paris.
Al día siguiente conocí a una simpática monjita franciscana, con ropas azules y sandalias de cuero, que comenzó a hablarme en español y que estaba en mi misma situación: alguien le había regalado uno de esos pasajes. Poco a poco, fuimos entrando en confianza; se presentó y, para mi sorpresa, me contó que estaba regresando al oeste del Gran Buenos Aires, a mi querido Laferrere, donde hacía años desarrollaba su trabajo social y espiritual. Allí es donde, por causalidad (no casualidad), pasé mi infancia y mi adolescencia, y donde se encontraban viviendo mis padres. Mencionó la calle donde ella habitaba, y he aquí otra alegría: era Salvigny, en la cuadra siguiente a mi casa. Quizás nos habíamos cruzado en otras oportunidades.
Los siguientes cuatro días fueron un ir y venir del aeropuerto al departamento donde dormía sin poder viajar, pero también estuvieron llenos de reflexivas conversaciones con esta joven francesa, que mostraba un sincero anhelo de conocer a Dios en profundidad. La quinta noche fue la vencida, ella fue la primera en subir al avión con mucha felicidad (un piloto le cedió el asiento) y, luego, seguí yo. No puedo expresarles cómo saltó mi corazón al saber que finalmente podría regresar a mi Buenos Aires querido y a mi familia, llena de anécdotas y de bendiciones para compartir.


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