La
brújula se mueve otra vez
París es una de las ciudades más hermosas
que pude conocer. Sus calles tan pintorescas; sus edificios antiguos, que
tienen balcones con flores rojas; esa urbanidad histórica e interesante. Los
centros culturales, las bibliotecas antiguas, el prestigioso Museo de Louvre, más
el precioso y romántico río Sena llenaban mi corazón mientras los recorría. Un aire glamoroso, en la rutina
de esta urbe, me sorprendía diariamente con algo nuevo.
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| El maravilloso rio Sena detras. |
Dos años después de mi regreso de India,
me encontré nuevamente en mi cuarto, pidiéndole a Dios ansiosamente que me
mostrara el camino. La brújula de Dios se movía otra vez. No muchos meses
después, a través de esos encuentros divinos (en los que creo firmemente), conocí
a un pastor peruano que dirigía una de las congregaciones latinas más grandes
de París. Él me invitó a ser parte de su proyecto evangelístico, que
consistiría en llevar un grupo de argentinos, a través de Francia, para
capacitarlos y para enviarlos a compartir con otros el mensaje de Jesús. Como
fui invitada, ellos se encargaron de mi boleto de ida; sobre el de regreso,
dijeron: “Dios proveerá”. Y así fue.
Fui la primera en llegar y pude disfrutar
algunos días libres. Me hospedé en un departamento pequeño junto con otras dos
misioneras, quienes hacía tiempo que se encontraban trabajando allí. Mientras esperaba
que llegara el resto de la gente, salía a recorrer la ciudad, conocía personas
en la calle y practicaba el idioma francés, que con tantas ganas había aprendido
en mis años de escuela secundaria. Pude percibir que, cuando Dios nos
encomienda hacer alguna tarea, Él también nos provee de lo necesario para
realizarla.
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| Balcones elegantes. |
Los días se convirtieron en meses, y los
que se comprometieron a venir, nunca llegaron. Finalmente solo uno apareció. No
sé si fue por falta de dinero o de compromiso, simplemente, no se presentaron. A
mí me dieron la oportunidad de guiar a la iglesia latina en oración, compartiendo
información sobre la necesidad en otros países, durante la reunión de los
domingos. También visité enfermos en hospitales: les hacía compañía o les daba una
palabra de aliento. Participé de la Marche pour Jésus, un evento
multitudinario donde los cristianos salen a las calles de toda Francia para
proclamar que Jesús es Señor. ¡Qué privilegio!, el pueblo francés unido dando
gracias a Dios en libertad, con pancartas, con aclamaciones y con canciones. A
menudo, pienso que no necesitamos gente que venga de afuera a decirnos qué
hacer, porque somos nosotros mismos quienes debemos tomar responsabilidad y
usar nuestros recursos para cambiar las situaciones. Aun así, a veces, alguien tiene
que sacudirnos de nuestra comodidad, si así Dios lo desea.
Me gustó mucho poder estar en Francia,
disfrutando de esa belleza que me hacía bien al corazón y a la vista y, aunque
fui inicialmente por tres meses, decidí quedarme tres meses más. Para mantenerme
en esa ciudad tan cara de Europa, recorrí los barrios de París en metro para
dar clases particulares de inglés a niños y a jóvenes. Fue de esta manera que
pude conocer tanta gente hermosa, por dentro y por fuera. Elegantes,
estilizados en su exterior, pero sencillos y ermitaños en su alma; muchos de
ellos necesitaban el aliento diario para seguir viviendo.
Para poder regresar a Argentina, la
iglesia me consiguió un pasaje por Air France, uno de esos que se le facilita
al personal de la compañía aérea, para ellos o para sus familias, si hay lugar
en el vuelo. Son mucho más baratos. No supe de este pequeño detalle hasta que,
la primera noche que intenté viajar, un señor bien enojado me dijo que no había
sitio para mí, a pesar de mi insistencia, y tuve que quedarme a dormir en un
banco duro del aeropuerto Charles de Gaulle.
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| La Marche pour Jesus en pleno Paris. |
Al día siguiente conocí a una simpática
monjita franciscana, con ropas azules y sandalias de cuero, que comenzó a
hablarme en español y que estaba en mi misma situación: alguien le había
regalado uno de esos pasajes. Poco a poco, fuimos entrando en confianza; se
presentó y, para mi sorpresa, me contó que estaba regresando al oeste del Gran
Buenos Aires, a mi querido Laferrere, donde hacía años desarrollaba su trabajo
social y espiritual. Allí es donde, por causalidad (no casualidad), pasé mi
infancia y mi adolescencia, y donde se encontraban viviendo mis padres. Mencionó
la calle donde ella habitaba, y he aquí otra alegría: era Salvigny, en la
cuadra siguiente a mi casa. Quizás nos habíamos cruzado en otras oportunidades.
Los siguientes cuatro días fueron un ir y
venir del aeropuerto al departamento donde dormía sin poder viajar, pero
también estuvieron llenos de reflexivas conversaciones con esta joven francesa,
que mostraba un sincero anhelo de conocer a Dios en profundidad. La quinta
noche fue la vencida, ella fue la primera en subir al avión con mucha felicidad
(un piloto le cedió el asiento) y, luego, seguí yo. No puedo expresarles cómo
saltó mi corazón al saber que finalmente podría regresar a mi Buenos Aires
querido y a mi familia, llena de anécdotas y de bendiciones para compartir.



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