India: la bienvenida (Parte 2).
Después de un extenuante tour por las transitadas y ruidosas autopistas,
llegué a su departamento. Fueron muy amables; me llevaron a lo de su amiga, a
quien habían recibido en el aeropuerto esa mañana, que era traductora. No
recuerdo su nombre, pero la llamaré Kamala. Ella vivía con su madre en un
pequeño monoambiente. Me sirvió algo de chai
(té con leche y especias), algunas masitas y me incitó a descansar. Me comentó
que más tarde iríamos a cenar, e imaginé que sería a algún lugar de comidas
rápidas, algo así como un Mc Donalds. Dormí una siesta y al despertar allí
estaba ella, parada a los pies de la cama; sostenía un hermoso sari con el que
rápidamente empezó a envolverme. El sari es una vestimenta típica de las
mujeres indias, consiste en un género de seda, o de alguna tela liviana,
colorido y de seis metros de largo. Lo que llamo mi atención fue que Kamala,
que era una india bien moderna, iría a la cena vestida con pollera y camisa. Asumí
que sería yo, entonces, la que llamaría la atención por la calle y me dispuse a
la travesía vestida así; hice de tripas corazón, aunque tenía miedo de
tropezarme con la tela que pisaba con los pies.
Tomamos un taxi, un rickshaw (pequeñas motitos con asientos como para llevar tres personas
detrás) y después caminamos. Llegamos a un edificio y luego subimos unos
cuantos pisos hasta la terraza, donde había un hermoso restorán. Alrededor de
sesenta personas, o más, estaban esperándonos. Todos indios, hombres y mujeres,
curiosos e igualmente interesados en saber quién era esta invitada extranjera
que Kamala había llevado a su cena de bienvenida del club. Supongo que me vería
como una jovencita exótica, vestida de esa manera y con cara de “yo no fui”
sonriendo a cada pregunta que me hacían para no tener que hablar demasiado. A
decir verdad, me sentía muy sorprendida y privilegiada por haber tenido
semejante recibimiento. Quién se hubiera imaginado a Erikita en un verdadero
banquete de diversidad multicultural. Estas personas se mostraron amables y
bienintencionadas. Estaban muy contentos con haberme conocido y, por supuesto,
yo sentía que finalmente se estaba cumpliendo uno de mis grandes sueños, para
el cual me había preparado durante tantos años: pisar mi tierra prometida.
Varios se ofrecieron a llevarme a Pune (la
ciudad donde iría a vivir) para ayudarme, así, a encontrar a mis amigas. Les agradecí
y, luego de un rato ameno, en el que me sentí la estrella del momento,
regresamos al departamento para descansar; después iríamos al aeropuerto a
buscar mi maleta y a ver si alguien había llegado finalmente a rescatarme.
Cuando salíamos del aeropuerto, ya con mi
maleta y mis pertenencias en mano, escuché detrás de mí voces de chicas que
hablaban español; de repente, me preguntaron: “Disculpa, ¿eres Erika Córdoba?”.
Respondí que sí y nos alegramos de habernos encontrado.
Me encanta la manera que Dios tiene de
sorprendernos, más allá de lo que entendemos o esperamos. Me gusta pensar que Él
me tenía preparada esta aventura para que yo disfrutara de ese recibimiento
extraordinario en India, que soy su hija y embajadora y que, como tal, me
estaba dando la bienvenida al país que sería mi hogar durante los siete años
venideros. Agradezco a Dios por nuestros hermanos indios que sin conocerme me
hospedaron y me adoptaron como a una de las hijas de su nación. Pablo nos
recuerda de practicar “la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo,
hospedaron ángeles” (Hebreos 13:2).
para libro y pelicula despues!
ResponderBorrarJajajaja...no sera mucho? Gracias, linda! :)
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