Era una tarde fría y ventosa, de esas típicas de nuestra
costa bonaerense. Me lo crucé, hace dos semanas, en la vereda de mi departamento, yo volvía de
acompañar a mi suegra a que tomara un taxi. Él me miró como sorprendido y me dijo:
“¡Necesitás un gorrito porque hace mucho frío y después vienen los resfríos!”. Algo
me hizo detenerme y le contesté: “Tengo uno, muy lindo, pero pensé que era demasiado
para esta época. Lo guardo para el invierno”. De repente, sentí como que lo
conocía de toda la vida.
Era un señor mayor, de unos setenta años. Alto, cabello
blanco, algo despeinado. Su cara bonachona dejaba notar los surcos que habían
marcado los años y las experiencias de una vida sufrida; sin embargo, las
palabras fluían de su boca con gracia y con elocuencia. Daba gusto escucharlo.
No me di cuenta y, de pronto, me encontré sumergida en una charla muy
interesante.
“Me llamo Roberto y vivo en el hogar de ancianos Raimondi
desde hace poco menos de un año. Nací en la calle Necochea de la Boca y viví en
esa misma calle, en diferentes numeraciones, a lo largo de mi vida. Luego, ya
mayor, fallecidos mi esposa y mi hijo de cuarenta años, perdí mi casa y me
encontré viviendo en la calle. Llegué a dormir en los colectivos. De noche, me
tomaba el 53 hasta la terminal y me quedaba durmiendo en el último asiento, sin
que nadie se diera cuenta, hasta el día siguiente”. Me dijo que escribía poesía
y, con una delicadeza propia del hombre culto, comenzó a recitarme algunos de sus
poemas románticos que hablaban de personas enamoradas que disfrutaban a orillas
del mar. Le conté que era una novata en la escritura y que aún tenía mucho por
aprender.
Luego, en cuestión de un minuto, resumió las virtudes que
logró ver en mí. “Sos observadora —me dijo—, transparente, una mujer de buena
cuna, una mujer muy valiosa. Tener más de tres virtudes en el mundo de hoy es
fortuna”. Roberto podía pasar desapercibido. Tenía apariencia de sufrido, de
haber sido duramente golpeado por la vida, pero, al hablar con él, uno percibía
como si esto no hubiera logrado amargarlo. Había una belleza en sus palabras,
en la profundidad que revelaba con lo que hablaba.
Cualquiera pensaría que Roberto era una persona común y
corriente, pero yo creo que pudo haber sido un ángel que Dios me mandó para
animarme. Agradezco haberme cruzado con alguien que resultó ser de bendición
para mí en ese mismo instante. ¿Cuántos de nosotros podemos dar gracias a Dios
por encontrarnos con personas que quizás nunca más volvimos a ver, pero que nos
ayudaron e hicieron una diferencia en nuestro día?
Hermosa! Mi hermosa . Te amo. El mundo es aquel lugar donde deseamos estar . Y como dijo algun poeta estan son palabras privadas que te dedico en público
ResponderBorrarGracias mi amor! Junto a vos tengo mi mundo y vos lo haces hermoso, interesante y aventurero! Te amo...
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