martes, 17 de junio de 2014

Punto de partida.

Punto de partida
En mi adolescencia hubo un momento en que me sentí vacía y sin sentido. Ir a la iglesia parecía ser una costumbre buena, pero aburrida. A menudo, miraba alrededor mío durante las reuniones y me preguntaba: “¿Esto es todo lo que hay?”.
A los 15 años, para una jovencita es difícil entender la diferencia entre religión y relación con Dios, aunque de algo estaba segura: no quería una vida llena de costumbres, pero anhelaba vivir abundantemente en Cristo. En el verano del 92, me enteré de una conferencia que se llevaría a cabo en el Hogar Escuela, en Ezeiza, donde habría jóvenes de toda la congregación. Iba a ser la primera vez que asistiría sola a algún lado. Mis padres me autorizaron a ir, y esa experiencia fue un antes y un después para mí.
Con mujeres en Odisha, India. 
Durante los tres días que duró la conferencia, conocí muchos otros adolescentes que, como yo, amaban a Dios y querían hacer algo interesante de sus vidas. En el predio teníamos momentos de comunión, con canciones nuevas; talleres que hablaban de la necesidad en diferentes países; y, además, había personas que nos contaban cómo trabajaban en esos lugares. Por las noches las plenarias nos desafiaban a un compromiso personal con Jesús: ir y predicar el Evangelio a toda criatura. Una noche uno de los predicadores, Alejandro Rodríguez, nos invitó a decirle a Jesús: “Aquí estoy, envíame”. Yo, con lágrimas en los ojos, decidí consagrarme de corazón para una vida en Dios llena de aventuras. Fue en ese momento cuando recordé la información que había escuchado sobre la India; mi corazón casi se salía de lo fuerte que latía. Me dije para mis adentros que quería ser yo la que entregara su vida para llevar el mensaje de Jesús, sin saber lo que esto significaba realmente.
Al volver a casa, les conté a papá y a mamá, mientras tomábamos mate, qué era lo que más me había impactado de la conferencia. De pronto, me encontré diciéndoles, casi llorando, que yo quería ir a India. Papá me miró, entre sorprendido y azorado, y me dijo: “Sos muy joven para viajar tan lejos; primero, tenés que terminar la secundaria, elegir tu carrera y, luego, hablaremos”. Recuerdo haber pasado todo ese año pidiéndole a Dios que convenciera a mis padres de que esta había sido su idea: invitarme a ser parte de la Gran Comisión, llevar las buenas noticias de Jesús hacia donde Él me necesitara.
Los chistes de algunos tíos y primos, al preguntarme qué carrera seguiría, eran alusivos. Ante mi respuesta, me decían: “Ah, ¿vas a hacerte monja como la Madre Teresa de Calcuta?”. Yo me quedaba confundida y tímida, y no sabía bien qué contestarles.
Con papa despidiendonos, yendo al aeropuerto.Mayo 99.
Para mi sorpresa, papá viajó por trabajo, a fines de ese año, a Estados Unidos. Una mañana de domingo, buscando una iglesia con su socio, encontró una base de Juventud con una Misión (Jucum), la organización interdenominacional cristiana donde posteriormente me capacitaría y trabajaría durante más de quince años. Allí, papá conoció a Eric Ritberger, quien le habló de la obra misionera en el mundo y le contó que había sido uno de los fundadores de Jucum Argentina a fines de los 80. Y he aquí una hermosa causalidad —ya que para Dios no existen las casualidades, sino las causalidades—: Eric le presentó a papá a un pastor de la India que se encontraba de visita pidiendo apoyo y ayuda para su ministerio en el estado de Odisha. Mi padre quedó profundamente impactado al conocerlo, como si hubiera sentido que el mundo entero se abría delante de él. Mientras le hacía una entrevista para un programa de radio que estaba realizando en Buenos Aires, recordó que su hija mayor le había dicho que sentía que Dios le estaba pidiendo ir a la India para servirlo.
Cuando papá regresó a casa, nos trajo a todos muchos regalitos. Para mí, además, folletos del trabajo misionero en el mundo y de la obra del pastor indio. Pero, sobre todo, lo que me trajo fueron deseos de animarme y de apoyarme en lo que yo estaba decidiendo hacer de
mi vida.
Así fue que emprendí el camino de mi aventura en Dios y decidí caminar en obediencia hacia lo que Él tenía para mí. Lo fundamental fue que pude contar con mi padre como mi coach principal. ¡Qué privilegio! Gracias a Dios tuve un padre que me enseñó a amar a Dios y su Palabra, que me guio a servirle de una manera práctica: viajando y enseñando a otras personas a conocer a Dios. Un padre que supo escuchar a Dios, que hablaba al corazón de su hija, y que supo guiarla en todo lo que necesitaba. Años después, junto con la familia, le encantaba seguirme en mis viajes a través del planisferio. ¡Qué grande papi! Me hace mucha falta, pero supongo que él cumplió su misión encaminándome en la vida con Dios.







1 comentario:

  1. Lo que somos pensamos y ofrecemos es lo que recibimos; Pero muchas veces, aquellos que damos no es dado por señales: Como aceptar la decision tuya por parte de tu papa en esa etapa de la vida? Sera el amor, que es aquello que no desciframos. Es aquello que vemos! Es el amor!

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