Punto de partida
En mi adolescencia hubo un momento en que
me sentí vacía y sin sentido. Ir a la iglesia parecía ser una costumbre buena,
pero aburrida. A menudo, miraba alrededor mío durante las reuniones y me
preguntaba: “¿Esto es todo lo que hay?”.
A los 15 años, para una jovencita es
difícil entender la diferencia entre religión y relación con Dios, aunque de
algo estaba segura: no quería una vida llena de costumbres, pero anhelaba vivir
abundantemente en Cristo. En el verano del 92, me enteré de una conferencia que
se llevaría a cabo en el Hogar Escuela, en Ezeiza, donde habría jóvenes de toda
la congregación. Iba a ser la primera vez que asistiría sola a algún lado. Mis
padres me autorizaron a ir, y esa experiencia fue un antes y un después para
mí.
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| Con mujeres en Odisha, India. |
Al volver a casa, les conté a papá y a
mamá, mientras tomábamos mate, qué era lo que más me había impactado de la
conferencia. De pronto, me encontré diciéndoles, casi llorando, que yo quería
ir a India. Papá me miró, entre sorprendido y azorado, y me dijo: “Sos muy
joven para viajar tan lejos; primero, tenés que terminar la secundaria, elegir
tu carrera y, luego, hablaremos”. Recuerdo haber pasado todo ese año pidiéndole
a Dios que convenciera a mis padres de que esta había sido su idea: invitarme a
ser parte de la Gran Comisión, llevar las buenas noticias de Jesús hacia donde
Él me necesitara.
Los chistes de algunos tíos y primos, al
preguntarme qué carrera seguiría, eran alusivos. Ante mi respuesta, me decían:
“Ah, ¿vas a hacerte monja como la Madre Teresa de Calcuta?”. Yo me quedaba
confundida y tímida, y no sabía bien qué contestarles.
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| Con papa despidiendonos, yendo al aeropuerto.Mayo 99. |
Cuando papá regresó a casa, nos trajo a
todos muchos regalitos. Para mí, además, folletos del trabajo misionero en el
mundo y de la obra del pastor indio. Pero, sobre todo, lo que me trajo fueron
deseos de animarme y de apoyarme en lo que yo estaba decidiendo hacer de
mi
vida.
Así fue que emprendí el camino de mi
aventura en Dios y decidí caminar en obediencia hacia lo que Él tenía para mí.
Lo fundamental fue que pude contar con mi padre como mi coach principal. ¡Qué privilegio! Gracias a Dios tuve un padre que
me enseñó a amar a Dios y su Palabra, que me guio a servirle de una manera
práctica: viajando y enseñando a otras personas a conocer a Dios. Un padre que
supo escuchar a Dios, que hablaba al corazón de su hija, y que supo guiarla en
todo lo que necesitaba. Años después, junto con la familia, le encantaba
seguirme en mis viajes a través del planisferio. ¡Qué grande papi! Me hace
mucha falta, pero supongo que él cumplió su misión encaminándome en la vida con
Dios.


Lo que somos pensamos y ofrecemos es lo que recibimos; Pero muchas veces, aquellos que damos no es dado por señales: Como aceptar la decision tuya por parte de tu papa en esa etapa de la vida? Sera el amor, que es aquello que no desciframos. Es aquello que vemos! Es el amor!
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