sábado, 26 de abril de 2014


Sudáfrica: conexiones

Sabrán comprender que esta experiencia sucedió hace muchos años atrás y, por lo tanto, no logro recordar bien las fechas. Desde los 18 años, me capacité y me entrené con excelencia en una organización cristiana internacional llamada Juventud con una Misión. La Universidad de las Naciones tiene sus sedes en muchísimos países alrededor del planeta; está integrada por cientos de miles de voluntarios que dedican sus vidas a compartir el amor de Dios y su Palabra, la Biblia, con las familias de la tierra.

Con lo que amo el servicio misionero y viajar por el mundo, no siempre ha sido todo color de rosas. Trabajando en India, conseguía visas por seis meses y luego debía viajar a otros países limítrofes para solicitarlas. En lo económico esto significaba tener que ahorrar durante esos meses para poder comprar un boleto de avión y, así, poder contar con el dinero suficiente para quedarme, al menos, una semana en ese lugar, tiempo que tomaría conseguir la visa.

En una oportunidad, me encontraba en Tailandia —era uno de los primeros viajes que realizaba— y solo contaba con el dinero suficiente como para el vuelo y para pagar tan solo dos noches en un hotel sencillo. Recuerdo la incertidumbre de no saber qué ocurriría conmigo. Pasé todo un día, ya sea en la habitación del hotel o caminando por Bangkok, pidiéndole a Dios que me mandara las finanzas que necesitaba sobrenaturalmente.

De repente, miré mi bolsillo y encontré el último dólar que tenía. Decidí ir a un cibercafé y escribirle a mi mamá para contarle mi situación. Por supuesto que ella sabía mejor que nadie que yo me encontraba, una vez más, en una encrucijada y dependiendo de Dios.

Entonces, mamá me comentó que un grupo de señoras, en una conferencia en Sudáfrica, habían estado orando por misioneros cuando se acordaron de mí y de mi trabajo en Asia. Una de ellas sugirió juntar dinero para ayudarme; se preguntaban cómo hacerme llegar el depósito, hasta que otra de las mujeres comentó que podrían conectarse con una señora —a la que llamaré Susana—, que dirigía un grupo de concientización de misiones en Buenos Aires. Ella podría comunicarse finalmente con mi mamá para hacerme llegar el dinero de alguna manera.

Así, y en cuestión de horas, Dios, en su infinito amor y cuidado, me estaba proveyendo una vez más lo indispensable para cubrir mis necesidades, usando conexiones espirituales a través de la oración. Él movió los hilos mediante mi oración en Tailandia y la de las señoras en Sudáfrica; envió mi bendición a Argentina y de vuelta a Tailandia. ¡Qué maravilloso milagro! Y justo a tiempo.

La Biblia dice, en Mateo 21:22: “Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis”. Para nuestras vidas la oración es como el aire que respiramos. Es ese suspirar que elevamos delante de Dios mientras nos encargamos de realizar nuestras actividades diarias. Alrededor del mundo, muchos doblan rodillas, repiten mantras u oraciones que otras personas escribieron, una y otra vez. A Dios no le importan tanto las formas. No le interesa realmente si orás, rezás o meditás. Si levantás las manos u orás sentado. A Dios le importa tu corazón, no tus palabras ni el idioma en que le hablás. Le importa el sentido y el amor que le transmitís en esa comunicación. A veces, solo lo invocamos cuando necesitamos que Él intervenga en algo imposible en nuestras vidas, pero Dios permanece cerca de nosotros, tan cerca que hasta escucha nuestros pensamientos cuando las palabras no logran brotar de nuestros labios.

La oración es un ida y vuelta; si le pedimos o preguntamos algo, debemos esperar con fe que Él nos va a responder. Hay situaciones en la vida en que podemos verlo con claridad y disfrutar triunfantemente de la victoria que nos da; hay otras en las que, quizás, no siempre nos conteste lo que quisiéramos escuchar. A veces, es un no o tan solo un silencio… Aunque aprendí que un silencio no siempre es no, sino que, en ocasiones, simplemente significa un esperá.

 




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